Ver el mundo a través de una pantalla
By Enrique Dans
Ed Sheeran anuncia que abandona temporalmente el uso de redes sociales como Twitter o Instagram, en las que tiene 16 y 5,5 millones de seguidores respectivamente, porque quiere “dejar de ver el mundo a través de una pantalla”. De hecho, todo indica que podría estar planteándose incluso dejar de utilizar su smartphone durante como mínimo un año.
Una opción, por supuesto, completamente respetable: para una estrella de la música con semejante exposición mediática, alimentar las redes sociales constantemente con comentarios y fotografías para poder ofrecer a sus fans una sensación permanente de cercanía puede llegar a convertirse en una obsesión. Gestionar la asimetría comunicativa siempre ha sido una tarea compleja y agotadora, que tradicionalmente muchos superaban mediante una simple labor de subcontratación. El caso de Sheeran parece diferente: todo indica que era él mismo quien directamente mantenía sus cuentas y publicaba sus casi mil fotografías en Instagram o sus más de treinta y dos mil actualizaciones en Twitter.
Constantemente me encuentro, en mi tarea como profesor, con personas que me plantean que están “demasiado ocupados como para plantearse utilizar las redes sociales”. ¿Realmente supone el uso de las redes sociales una tarea tan intensa como para que unos no puedan plantearse llevarlo a cabo, y otros terminen agotados y reclamando desesperadamente una pausa? ¿Se han convertido las redes sociales en una manera de convertirnos en infelices, como afirma un estudio reciente?
No soy una persona famosa, una estrella del pop o alguien que tenga que lidiar con una exposición mediática excesiva o incómoda. Posiblemente algo más que la media, pero definitivamente, no incómoda. Pero sí llevo ya un buen número de años publicando regularmente todo tipo de actualizaciones en diversas herramientas sociales… y jamás he tenido la sensación de estar “mirando el mundo a través de una pantalla”. No creo que ninguno de mis amigos – de los amigos de verdad, de esos con los que pasas ratos verdaderamente agradables y que te conocen bien – me considere una persona que deja de disfrutar por el hecho de utilizar las redes sociales. Dudo muchísimo que alguno de ellos se haya sentido molesto alguna vez porque yo mire de vez en cuando la pantalla de mi smartphone o me detenga alguna vez a hacer una fotografía o a escribir una actualización. Sencillamente, porque lo hago muy poco: cuando estoy con amigos, disfruto de su compañía, y puedo pasarme horas sin acordarme siquiera de que tengo un smartphone en el bolsillo. En otras ocasiones no es así: obviamente, como hace mucha gente, a veces recurro al smartphone en el medio de una conversación para mostrar algo que ha surgido en ella, sea una foto, un artículo o un tweet, pero no me ha dado nunca la impresión de que genere ningún tipo de sensación negativa entre quienes me rodean.
Vivimos llenos de concepciones equivocadas. Se empieza por la idea de “esa persona vive por y para las redes sociales”, se sigue por la de “no debe trabajar nada, porque está todo el día pendiente de las redes sociales” y se termina con la de “si actualiza mucho es que ve la vida a través de una pantalla”. La realidad es que muchas, muchísimas personas tienen – tenemos – una relación de lo más sana, normal y satisfactoria con las redes sociales. No somos más infelices por culpa de ellas, no perdemos miserablemente el tiempo ni dejamos de trabajar por su culpa, y no tenemos en ningún momento la sensación de estar “perdiéndonos la vida” porque únicamente nos dedicamos a compartirla todo el tiempo. En realidad, el desprecio y la descalificación hacia el uso de las redes sociales suele provenir de quienes o bien no las usan, o bien no son capaces de establecer una relación sana con ellas.
Que Ed Sheeran decida libremente prescindir de las redes sociales durante un año es, repito, una opción personal perfectamente respetable. Pero no indica necesariamente un problema intrínseco de las redes sociales, sino más bien un problema de Ed Sheeran y de la relación que ha establecido con ellas. Nada criticable, porque nadie dice que esto sea sencillo cuando la mitad del mundo te está mirando, ávidos por saber lo que haces, dices, sientes o compartes en cada momento. Pero la mayoría de las personas no son como Ed Sheeran, ni tienen razones para sentir ni un ápice de la presión que él puede llegar a sentir.
Se pueden compartir cosas sin que te agobie hacerlo, sin sentirlo como una necesidad periódica o constante. Se pueden alimentar las redes sociales sin entenderlo como una obligación. Mi Klout suele estar entre los 80 y los 81, que muchos considerarían razonablemente elevado, pero nunca, jamás, ni una sola vez me he sentido presionado para publicar algo para mantenerlo ahí. Tener más de cuarto de millón de seguidores en Twitter no me lleva a actualizar compulsivamente: de hecho, mi numero de tweets total, algo menos de veinticuatro mil, es bastante modesto para alguien que lleva usando Twitter desde principios de 2007. Hay quien me considera aburrido en Twitter, o quien me critica por compartir poco. Es lo que hay… las redes y las métricas son eso, redes y métricas: son medios, no fines. Si dejas que se conviertan en fines, te conviertes en su esclavo, y acabas, lógicamente, quemado y sintiendo que ves el mundo a través de una pantalla. Algo que jamás me ha pasado y que espero que no me pase jamás.
Obviamente, mis reflexiones no llegarán a Ed Sheeran, ni Ed Sheeran les haría el más mínimo caso si así fuera. Pero si le sirven a otros que se estén planteando su relación con las redes sociales, me alegraré mucho. Hay mucho, muchísimo tópico desinformado sobre lo que es esto y sobre cómo funciona, mucho cliché absurdo, mucha generalización. Y la gran verdad es que esto está para que cada uno haga de ello lo que buenamente quiera, en la medida en que le sirva y le haga sentir bien, a gusto, con un balance sano entre el tiempo que pasa viviendo y el que invierte compartiendo lo que vive.
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