Tomando apuntes

Tomando apuntes

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By Enrique Dans

Me llaman la atención en Twitter sobre un artículo en The Chronicle of Higher Education, The benefits of no-tech note taking, en el que una profesora, Carol E. Holstead, alerta sobre los beneficios de tomar apuntes a mano, con papel y bolígrafo, frente a hacerlo en un ordenador portátil o en otros tipos de dispositivos. En efecto, mi posición es exactamente la contraria: eliminar de manera radical el papel en el proceso educativo – mi posición, en realidad, es la de eliminar el papel en todas partes – y fomentar el uso de dispositivos. Pero en realidad, mis diferencias con respecto a la postura expuesta en el artículo van mucho más allá.

Estoy seguro de que tomar apuntes en una libreta y con un papel hace que memoricemos y retengamos mucho mejor lo que nos están contando en una clase. Totalmente seguro. Es más: si en lugar de permitir que los alumnos tomen notas con un bolígrafo y un papel, les obligamos a tomarlas con un cincel y un martillo sobre una lámina de granito, estoy plenamente seguro de que retendrán esos conocimientos muchísimo mejor.

Ironías aparte, me explico: el problema es establecer los objetivos del proceso educativo en términos de retención o memorización del conocimiento. Es sencillamente absurdo. En la época en la que el conocimiento está disponible a un solo clic de distancia, lo que tenemos necesariamente que primar en el proceso educativo no es la retención memorística a través de la toma de apuntes, sino la capacidad de asimilar y entender el conocimiento mediante la lógica, mediante el recurso a una combinación de inteligencia analítica e inteligencia intuitiva. La inteligencia intuitiva es un proceso prácticamente automatizado en nuestro cerebro, que se desarrolla con escaso esfuerzo y que no depende directamente de los recursos cognitivos memorizados o a los que tengamos acceso, pero que sí es preciso adiestrar – más que preciso, fundamental, diría yo, para una amplia variedad de tareas. La inteligencia analítica requiere un esfuerzo mayor y el acceso a recursos que almacenamos en la memoria, y que permiten resolver un problema o llevar a cabo un razonamiento a través de un proceso consciente, de un trabajo que muchas veces se desarrolla en varias secuencias.

Tradicionalmente, la inteligencia analítica se ha asociado con la memorización, pero no es así: en realidad, las personas más eficientes son las que entienden esos procesos, no las que los memorizan. La reiteración en las tareas juega sin duda un papel: una gran parte del aprendizaje consiste en la práctica mediante ejercicios, o en explicaciones destinadas a fijar determinados conocimientos en nuestro cerebro gracias a explicaciones sobre ellos. Lo que ya tiene poco sentido, y cada vez va a tener menos, es tratar de memorizar conocimientos sin más, mediante la repetición sin más, o “la repetición por la repetición”. Estructúrame lo que tengo que aprender, explícamelo, y ya me lo aprenderé. Si hay datos específicos, terminaré por memorizarlos si efectivamente mi cerebro decide que vale la pena hacerlo. Si no, sabré dónde ir a buscarlos, y sin duda, estarán cada vez más fácilmente disponibles.

La mayor parte de los estudios que los tecno-escépticos pretenden utilizar para argumentar el continuismo educativo, o la supuesta necesidad de que las instituciones educativas se mantengan al margen del progreso tecnológico y se conviertan en islas o reductos de metodologías del siglo pasado tienen un grave problema: asumen que los objetivos del proceso educativo no cambian, o lo hacen mínimamente. Para ellos, al final del proceso debemos tener una serie de estudiantes capaces de recitar una serie de conocimientos. Y eso es sencillamente absurdo. Si recitamos algo, será porque lo utilizamos tan a menudo que se habrá fijado en nuestra memoria. Para lo demás, lógica, intuición bien adiestrada, y capacidad de análisis, que son las habilidades que el proceso educativo debe adiestrar.

Durante mis años universitarios, fui un fantástico tomador de apuntes. Tan bueno, que lo habitual era, al pasear por la biblioteca de mi Facultad, ver mis apuntes fotocopiados en un buen número de mesas, muchas veces subrayados en mil colores. ¿Me ayudó ese tedioso trabajo de escriba a retener más los conocimientos? Posiblemente a corto plazo, pero nada más. Estropeó sensiblemente mi caligrafía, me convirtió en razonablemente popular porque prestaba a todo el mundo mis apuntes sin contrapartida alguna, pero eso es todo. Habría sido mucho más inteligente recibir los apuntes directamente del profesor – o de la red, si hubiese existido entonces – y dedicar ese valioso tiempo de adiestramiento a entender lo que había detrás de todos aquellos folios garabateados. Las metodologías del tipo flipped classroom, cada vez más en boga y que son la base de la formación en las escuelas de negocios, tienen mucho de esto: en lugar de dedicar el valioso tiempo de interacción en clase a algo tan absurdo como tomar apuntes, entrega esos apuntes, requiere un trabajo de asimilación previo a la clase, y dedica la sesión a discutir, razonar y fijar mediante el desarrollo de las estructuras mentales adecuadas, no a la retención memorística sin más.

La introducción de tecnología en el proceso educativo no tiene ningún sentido si no modificamos radicalmente tanto las metodologías en las que se basa la educación, como los supuestos objetivos que trata de cumplir. Pensar que el proceso educativo del futuro va a seguir basándose en memorizar conocimientos para volcarlos en un examen unas semanas después y olvidarlos posteriormente es, sencillamente, no haber entendido nada.

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