Tecnología y crisis de identidad
By Enrique Dans
Si hay dos conceptos cruciales en la conformación del tejido social fuertemente afectados por la evolución de la tecnología son los de identidad, o la forma que tenemos de probarla, y privacidad. Sujetos a muy importantes variaciones en función de los distintos países por temas que van desde la tradición hasta los sistemas políticos, esos dos conceptos están dando lugar a situaciones cada vez más complejas.
Algunos países han decidido, directamente, eliminar todo atisbo de derecho a la privacidad, y ejercer un nivel de control cada vez más férreo sobre su población. El caso de China se sitúa claramente en un extremo del espectro: su gobierno ha decidido evolucionar desde las moderadas políticas del ejecutivo de Hu Jintao hacia las muchísimo más estrictas de Xi Jinping, en un movimiento hacia el control total que incluye la eliminación de la participación anónima y la prohibición del uso de redes privadas virtuales o VPNs, llegando incluso a la detención de quienes las comercializan.
India, por su parte, vive un momento paradójico: el mayor desarrollo a nivel mundial de gestión de la identidad mediante la biometría, Aadhaar, que consiguió llevar a cabo la ingente tarea de recoger datos de toda la población del país y que muchos otros países (Afganistán, Argelia, Bangladesh, Marruecos, Rusia, Tanzania y Túnez) se han manifestado interesados en imitar, se encuentra con el importante obstáculo planteado por su Tribunal Constitucional, que recientemente legisló a favor de considerar la privacidad como un derecho fundamental de todos los ciudadanos y, por tanto, genera todo tipo de dudas sobre el futuro de tan ambiciosa iniciativa.
Estas dudas llegan precisamente en el momento en que la aplicación del machine learning a la biometría comienza a generar resultados con un potencial cada vez más preocupante: algoritmos cada vez más precisos capaces de reconocer incluso a personas con la cara parcialmente cubierta por gafas, sombreros o pañuelos, o que pueden incluso detectar las preferencias sexuales de una persona, con todo lo que ello puede conllevar para regímenes que intentan controla la insurgencia o que castigan la homosexualidad. La Rusia de Vladimir Putin, de hecho, tiene claro que el dominio de la inteligencia artificial será clave en el liderazgo mundial, encendiendo todas las alarmas sobre las intenciones de un país que ha desarrollado un enorme ciberejército capaz de infiltrarse en sistemas de gestión de centrales nucleares, en las empresas de generación y distribución eléctrica, o en medios y redes sociales para interferir en resultados electorales. El posible uso de robots en el entorno militar asusta tanto como el uso de tecnologías de inteligencia artificial en el control social: se calcula que la mitad de las cuentas de Twitter en Rusia que comentan cuestiones relacionadas con la política del país son falsas, parte de una enorme maquinaria de propaganda centrada en preservar el poder de su líder que sigue el ejemplo de China, con más personas dedicadas a la monitorización y control de internet que en el propio ejército.
Mientras, en un mundo occidental supuestamente más garantista con la privacidad, los problemas surgen por otro lado. Mientras en Europa se legislan límites al control que las empresas ejercen sobre las comunicaciones electrónicas de sus trabajadores, en los Estados Unidos, donde ese control está perfectamente institucionalizado y aceptado pero donde el 65% de los trabajadores tecnológicos utilizan en todo momento una VPN, se enfrentan al peor robo de información personal de la historia: Equifax, la principal compañía dedicada a la generación de historiales de crédito, sufre una intrusión en sus sistemas que afecta a la información personal de nada menos que 143 millones de personas, incluyendo sus nombres completos, fechas de nacimiento, números de la seguridad social, licencias de conducir, direcciones postales y electrónicas, historiales de transacciones y números de tarjetas de crédito. En lugar de denunciarlo cuando fue descubierto el 29 de julio, la compañía dejó que el asunto se mantuviese en secreto durante varios meses hasta primeros de septiembre mientras algunos directivos vendían sus paquetes de acciones. El asunto es tan grave que, además de poner en peligro a casi la mitad de los ciudadanos norteamericanos, cuya información está siendo comercializada en la red y puede potencialmente ser utilizada para transacciones fraudulentas o para robos de identidad, está llevando a muchos a cuestionar la manera en que el país gestiona la información personal de sus ciudadanos, con sistemas como el número de la seguridad social, el de la licencia de conducir o el nombre de soltera de la madre utilizados de manera ubicua como clave en infinidad de sitios y expuestos a todo tipo de vulnerabilidades.
Claramente, el desarrollo de la tecnología ha puesto de manifiesto que los sistemas utilizados para gestionar la identidad de las personas no están a la altura de las circunstancias, algo que puede ser utilizado por delincuentes para sus fines, o por determinados regímenes para ejercer un mayor nivel de control. Es el momento de replantear muchas cosas en base a nuevos desarrollos tecnológicos, y sobre todo, de repensar los consensos y compromisos que supone la vida en sociedad.
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