Sobre la conducción autónoma y los accidentes

Sobre la conducción autónoma y los accidentes

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By Enrique Dans

Noemí Navas, de Cinco Días, me llamó ayer para hablar de las posibles consecuencias del atropello mortal de una persona por un vehículo autónomo de Uber en Tempe, Arizona, sobre el desarrollo de la tecnología de conducción autónoma en el futuro, y hoy menciona algunas de mis declaraciones en “El coche autónomo, una revolución imparable pese a los accidentes“.

Por supuesto, todo accidente mortal es profundamente lamentable, y debe llevarnos a la reflexión. Pero la reflexión, por duro que parezca, debe ponerse por encima de las pérdidas individuales, y buscar el bien común: debe hacerse de manera constructiva. Desgraciadamente, nada va a revivir a Elaine Herzberg, pero debemos comprender que la vía para evitar la mayor cantidad de accidentes en el futuro no es ralentizar el desarrollo de la conducción autónoma, sino precisamente lo contrario: tratar de convertirlo lo antes posible en una realidad. Nos pongamos como nos pongamos, una persona va a ser siempre peor conductor que un conjunto de sensores y unos algoritmos que aprenden no solo de su experiencia (que es algo que muchas personas ya de por sí ni siquiera consiguen hacer), sino de la de toda la red de vehículos autónomos en las carreteras de todo el mundo.

Una máquina de dos toneladas circulando a una cierta velocidad requiere, por una simple cuestión de física, un determinado espacio para detenerse. El atropello de Elaine Herzberg, según el atestado de la policía, habría sido imposible de evitar estuviese el vehículo conducido de manera autónoma o por un conductor humano. La tecnología de conducción autónoma no está en una fase demasiado temprana, los que la han puesto en las calles de nuestras ciudades no se han vuelto locos ni son unos irresponsables. Simplemente, es una tecnología sujeta a un proceso de aprendizaje, a un desarrollo que va mejorando cada día, con cada kilómetro recorrido, con cada obstáculo detectado o con cada circunstancia de la vía. En realidad, puede ser mucho más peligroso poner todos los días en la calle a un número determinado de conductores a los que acabamos de entregar el carnet de conducir que cruzarse con un vehículo autónomo que, a lo largo del tiempo, ha acumulado ya una experiencia de varios millones de millas (cuatro millones en el caso de Waymo y dos en el de Uber), y si embargo, seguimos haciéndolo todos los días, aunque el futuro, claramente, ya no es que esas personas se pongan al mando de vehículos.

La tecnología de conducción autónoma no va a detenerse simplemente porque existe una clara conciencia social de que el mejor escenario de cara a la seguridad vial no es el actual, sino el de vehículos que se conducen solos y nos liberan para hacer otras cosas durante el transporte. Las aproximaciones a la resolución del problema pueden ser diferentes, Waymo puede haber comenzado directamente desde el nivel de autonomía 5 mientras la mayoría de los fabricantes de vehículos van progresando penosamente desde el 3, pero la realidad es la que es: ningún humano es capaz de ver en 360º, de tener sistemas de percepción múltiples y redundantes, de estar al margen de la distracción, del cansancio o de los efectos del alcohol, o de tener unos reflejos casi perfectos. La conducción autónoma está aquí para quedarse: habrá, desgraciadamente, algunos accidentes más, pero aquellos que pretendan ralentizarla, estarán haciendo mucho más mal que bien, y provocando más muertes de las que supuestamente pretendían salvar.

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