Sensorizando el mundo

Sensorizando el mundo

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By Enrique Dans

¿Qué ocurre cuando llenamos progresivamente de sensores más y más objetos de nuestra vida cotidiana? Un ejemplo claro lo tenemos en Waze, una compañía israelí adquirida por Google en 2013 (tras ser previamente cortejada por Apple y por Facebook) que fue la primera en darse cuenta de que el hecho de que todos llevásemos en todo momento un smartphone siempre encima ofrecía la posibilidad de utilizar esos GPS para confeccionar los mejores mapas de tráfico dinámicos, en los que se podía determinar de manera inmediata y precisa la intensidad circulatoria, hacer las mejores estimaciones de tiempo de llegada o ubicar las zonas atascadas.

¿Qué ocurre cuando la sensorización deja de limitarse al ordenador que llevamos en el bolsillo y se extiende a nuestros automóviles, que pasan a estar equipados con múltiples cámaras y radares permanentemente conectados? Automáticamente, tenemos la posibilidad de utilizar toda esa enorme red de sensores para obtener la mejor imagen en tiempo real del mundo a través de sus carreteras.

Que los vehículos conectados intercambien datos entre sí permite, por ejemplo, que se comuniquen sus intenciones anticipadamente o se sincronicen con precisión. Pero además, ofrece posibilidades como la comunicación de alertas ante, por ejemplo, una zona helada de la carretera, un obstáculo o cualquier otra eventualidad. Si además coordinamos todas esas lecturas de sensores de manera centralizada, añadimos la posibilidad, por ejemplo, de obtener los mejores y más precisos mapas meteorológicos del mundo, con la capacidad de generar una predicción prácticamente perfecta para el patio de mi casa. O de obtener un mapa en tiempo real, por ejemplo, del espacio de aparcamiento disponible en la vía pública, o mejorar aún más las estimaciones de tiempo de llegada. Si añadimos a los sensores de los vehículos las lecturas de sensores ubicados en otros sitios, como hogares u objetos en esa internet de las cosas que estamos construyendo, las posibilidades son absolutamente brutales.

Una vez ajustemos los parámetros de quién o quiénes pueden leer qué datos de qué sensores, una tarea que no va a ser en absoluto sencilla pero que puede protocolizarse adecuadamente, estaremos haciendo algo francamente impresionante: sensorizando el mundo. Un incendio en un monte será recogido por los vehículos que circulen por las carreteras próximas y posiblemente por drones que patrullen zonas de riesgo. Un accidente se convertirá en una alerta automática para los servicios de emergencia, pero también a los vehículos que vayan a llegar a él de manera inmediata para que tomen las decisiones oportunas, sea detenerse a ayudar o evitar el obstáculo. El Nest y el Canary de mi casa o el sensor de riego de mi jardín llevan a cabo una medición continua de temperatura y humedad, y en el futuro se complementarán con muchos más sensores para otras tareas, añadiendo más posibilidades al uso de esos mapas combinados de sensores desplegados en todas partes.

Para entender un futuro conectado hay que hacer eso: imaginarse las posibilidades de todos esos sensores situados en objetos en todas partes. Un mundo que nos ofrece constantemente datos sobre lo que ocurre en él. ¿Cuántas cosas pueden construirse a partir de esos datos? ¿Cuánto nos queda por imaginar?

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