¿Quién debe marcar el futuro de la privacidad?

¿Quién debe marcar el futuro de la privacidad?

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By Enrique Dans

La privacidad, definida como el ámbito de la vida personal de un individuo que se desarrolla en un espacio reservado, es sin duda uno de los conceptos cuyos límites están en más fuerte evolución en los tiempos que vivimos. Desde las teorías expuestas por Vint Cerf, que la califican de anomalía histórica y la condenan a convertirse en algo cada vez más difícil de obtener, hasta las visiones más radicales que pretenden protegerla hasta límites que imposibilitarían cualquier modelo de negocio basado en su explotación, todo indica que hablamos seguramente de uno de los conceptos sometidos a un debate más fuerte, más o menos sesgado en función de quienes lo propongan.

La administración Trump publicó el mes pasado una propuesta, que probablemente dará forma a la futura legislación que pueda venir en este sentido, en la que aboga por dar a los usuarios más controles sobre la forma en la que sus datos son utilizados por las compañías tecnológicas. La propuesta tiene sentido viniendo de quien viene, el presidente que más bombardea a sus ciudadanos a través de las redes sociales con publicidad microsegmentada, que se beneficia precisamente del hecho de que una compañía ofrezca supuestamente a sus usuarios todas las opciones posibles para tomar decisiones sobre el nivel de privacidad que desean, pero que, a pesar de los sucesivos problemas que experimenta en ese sentido, consigue que sean pocos los que entren a cambiar esas opciones. El caso de Facebook, que parece empeñada en demostrar que si puede acceder y explotar cualquier tipo de dato personal de sus usuarios lo hará con total seguridad, es paradigmático: si hace algunos días hablábamos la presentación de su nuevo dispositivo enfocado a videoconferencias, Facebook Portal, y de las garantías de la compañía de no utilizarlo para captar datos, ahora la compañía se desdice y clarifica que aunque el dispositivo no mostrará publicidad, los datos que pueda captar sobre sus patrones de uso sí podrán ser utilizados para segmentar la publicidad en otras propiedades de la compañía.

Al tiempo, Google nombra a un nuevo responsable de privacidad y marca los que considera sus criterios para una posible regulación federal del tema, igualmente centradas en ofrecer más poder al usuario para decidir sobre los niveles de privacidad que desea. El problema, sin duda, es complejo: si bien mucho podrían pensar, de manera intuitiva, que si les permiten decidir sobre el nivel de privacidad que desean tenderían a escoger los niveles más garantistas y cerrados, la realidad es que la gran mayoría de los usuarios simplemente no se preocupan del tema o prefieren conscientemente permitir que el estudio de sus patrones de uso sean utilizados para mejorar la propuesta de valor de los productos y servicios que utilizan.

La Unión Europea, por otro lado, a pesar de que ha cometido errores clamorosos que han creado muchos más problemas de los que soluciona, inventándose derechos artificiales e inexistentes que no hacen más que provocar problemas e incoherencias en sus intentos de aplicación, mantiene una línea de defensa de los usuarios, plasmada en el desarrollo del reglamento general de protección de datos (GDPR), que podría significar un paso interesante, si prueba tener el adecuado poder sancionador, a la hora de corregir abusos y usos malintencionados por parte de las compañías.

En otros entornos, como el caso tantas veces comentado de China, todo indica que la batalla está claramente perdida: la privacidad es una variable bajo un dominio omnímodo del estado, capaz de agregar cualquier dato obtenido por cualquiera de los actores de la industria, y que la utiliza sin ningún tipo de problema para el control social – a pesar de algunos tímidos episodios de resistencia en ese sentido – en un entorno en el que la mayoría de los ciudadanos, simplemente, carecen ya prácticamente de cualquier expectativa de privacidad y lo ven como algo que no les importa excesivamente. Por otro lado, ni siquiera está claro cuáles de los países que consideramos supuestamente democráticos tienen un genuino interés en preservar la privacidad de sus ciudadanos como un derecho fundamental o cuáles, en realidad, envidian secretamente el nivel de control que ejerce el gobierno chino.

¿Cuál es el futuro de la privacidad? Que lo marcan las compañías que viven de su explotación, claramente, no parece el mejor de los escenarios. Pero que lo hagan los gobiernos, interesados en mayor o menor medida en el control de su población, tampoco parece asegurar un futuro mínimamente garantista. Posiblemente, la mejor baza esté en la acción ciudadana, basada en un nivel de información lo más riguroso posible: mientras una parte importante de la población siga sin darle importancia al tema, sin preocuparse de conocer o controlar las opciones de privacidad de los productos que utilizan, o pensando que “como no tienen nada que ocultar, no tienen nada que temer“, la solución al problema seguirá estando lejos. Que muchos usuarios se manifiesten cada vez más molestos por los niveles de agresividad e intrusión de la publicidad en la red sí puede importante, porque generalmente termina llevando a esos usuarios a tomar una posición más beligerante y activa, pero tampoco garantiza nada, y de hecho, parece estar desembocando en una situación en la que conseguir un nivel adecuado de protección de la privacidad solo está al alcance de “los más listos”, de aquellos que saben buscar el conjunto de herramientas suficiente para hacer frente a la situación.

¿Empresas? ¿Gobiernos? ¿Usuarios? ¿Quién y cómo debería condicionar la agenda en la evolución futura de un concepto como la privacidad?

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