Maximalismo y pragmatismo

Maximalismo y pragmatismo

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By Enrique Dans

La presentación de producto de Apple el pasado día 9 de septiembre dejó bastantes novedades, que han sido ya profusamente comentadas en todas las páginas del mundo dedicadas a ese tipo de análisis, y algunas observaciones interesantes.

La primera es clara: el halo de secretismo que tradicionalmente rodeaba este tipo de eventos de la compañía se desvanece cada vez más, hasta el punto de que los que la seguimos prácticamente podíamos ir anticipando qué iba a ser anunciado en cada momento en función de las numerosas filtraciones de las que se disponía procedentes de todo tipo de fuentes habitualmente bien informadas. En este sentido, la intriga parece dejar paso a un protagonismo mayor de la puesta en escena, cada vez más convertida en una especie de “liturgia” profundamente repetitiva, y a la que podría costarle cada vez más mantener el fuerte nivel de diferenciación del que disfruta (casi cualquier marca tiene que invitar a periodistas y analistas a sus eventos y esforzarse para que vayan, mientras que a Apple le basta con enviar unas invitaciones y todos se pelean por ir).

La segunda también parece evidente: los eventos de Apple se dividen en dos categorías: los que presentan verdaderas novedades y anuncian la entrada en nuevas categorías de productos, y los que son simplemente incrementales, y presentan nuevos modelos en esas categorías que pueden ser más grandes, más pequeños, de otros colores, etc. Claramente, este era un evento “clase B”: no deja de ser la presentación de la gama más importante de productos (el iPhone sigue siendo el verdadero motor de los beneficios) de la compañía más grande del mundo, pero no estaba destinado a provocar ningún sobresalto.

Mi tercera conclusión está relacionada con la discusión que mantengo en una de las sesiones de mis cursos de innovación: hasta qué punto Apple es, como tal, una compañía innovadora. Una discusión fundamental a la hora de definir el concepto de innovación dentro del continuo que va entre la invención radical y la simple mejora, a la que la compañía acaba de contribuir con dos nuevos accesorios: Apple Pencil, un stylus muy similar a muchos otros en una categoría que lleva desarrollándose desde que las pantallas se hicieron táctiles; y Smart Keyboard, un teclado para el iPad Pro que sirve también como funda y que es enormemente parecido al que Microsoft lanzó en su momento para su serie Surface.

El mejor artículo que he leído al respecto es el que le dedica Fast Company, Apple is a great copycat: did they improve anything?, que afirma que ni el Apple Pencil supera al conocido 53 lanzado en noviembre de 2013 (cuya carga dura noventa días en lugar de doce horas, y tiene además una goma de borrar en su otro extremo) ni el Smart Keyboard es mejor que el lanzado por Microsoft en junio de 2012 (que posee además un conveniente touchpad que evita tener que estar moviendo la mano entre teclado y pantalla). Por otro lado, el artículo recuerda muchísimo todo lo que hemos podido leer cada vez que Apple lanza un producto, y que hoy recordamos casi de manera cómica: que si el iPod no era el mejor reproductor MP3, que si los había con más prestaciones o con más capacidad, que si había muchos teléfonos que tenían más funciones que el iPhone y tenían 3G cuando este no la ofrecía, o que si hay infinitos smartwatches mejores que el lanzado por la marca de la manzana. Ya… ¿y? La frase que contesta a todas estas afirmaciones es muy sencilla: el mercado no es idiota, y al cabo del tiempo, parece escoger masivamente, en todos esos casos y algunos más, el dispositivo lanzado por Apple.

Ese pragmatismo es, claramente, el que hace que a la marca le dé absolutamente lo mismo que se plantee el dilema sobre su verdadero componente de innovación: puede tomar cualquier idea, reinterpretarla a su manera e integrarla en su gama, y el mercado la percibe como un producto aparentemente superior. Decididamente, no es una ventaja pequeña. Ejemplos como el del teclado de Microsoft, que un ilustrador pudo predecir nada menos que hace tres años, o el conocido anuncio de Samsung para su Galaxy Note 4 parodiando el lanzamiento del iPhone 6 Plus, quedan como simples demostraciones de impotencia ante una marca capaz de posicionar sus reinterpretaciones de los productos de otras como verdaderos hitos ante sus clientes que terminan coronadas por éxitos de una dimensión inmensamente superior a los obtenidos por aquellos.

Finalmente, me parece interesante hablar de James Bond y de su “Nunca digas nunca jamás“: el lanzamiento del Apple Pencil ha llevado a que muchos hablasen de un Steve Jobs que en su momento dijo que el mejor stylus era el dedo, revolviéndose en su tumba, una situación que ya vivimos cuando la marca lanzó el iPhone 6 Plus y superó las especificaciones de tamaño definidas por el fundador. La gran realidad es la que es: las afirmaciones maximalistas, en el mundo de la tecnología, son completamente absurdas, y Steve Jobs lo sabía perfectamente. Los “nunca haremos”, “jamás lanzaremos” o “en la vida nos verán con” son afirmaciones infantiles e inútiles en panoramas que cambian a la velocidad que lo hace la tecnología. Resulta banal pretender que una afirmación, en un terreno que se mueve como el de la electrónica de consumo, va a ser válida más allá de unos pocos años, y resultaría absurdo perder la oportunidad de poner en el mercado un producto potencialmente exitoso debido a que hace algunos años hice una afirmación en sentido contrario. En tecnología, grabar frases en piedra es poco recomendable.

Cuando Steve Jobs anunció que el tamaño de los smartphones debía ser el que cabía en la mano, el uso que dábamos a nuestros terminales no tenía nada que ver con el que le damos ahora. Del mismo modo, cuando dijo que un stylus era innecesario, los tablets no estaban pensados para muchos de los usos que tienen hoy. Las afirmaciones, por tanto, por maximalistas que puedan sonar, deben ser interpretadas a la luz de sus circunstancias, y esas circunstancias están definidas por el escenario tecnológico del momento. Apple, sencillamente, observa la evolución del uso de los dispositivos en cada momento, y lanza lo que cree adecuado a ese uso, haciendo caso omiso de cualquier afirmación anterior hecha en un escenario diferente. Pura lógica, sobre todo si además puede prescindir del hecho de no haber sido siquiera el primero que vio ese cambio. Si yo fuese Apple, me preocuparía más bien poco que alguien afirmase que copio o que traiciono la memoria del fundador. Puro pragmatismo. Al final, el mercado pone a cada uno en su sitio, y ahí hay poca magia. Simplemente, consumidores votando con sus bolsillos.

Puedes leer el artículo completo en: : Maximalismo y pragmatismo

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