Internet: la desigualdad y las diferentes experiencias de uso
By Enrique Dans
Un reportaje en The New York Times titulado «Online cesspool got you down? You can clean it up, for a price« hace referencia a la cada vez mayor desigualdad en el acceso a los contenidos en la red en función de criterios generalmente marcados por el uso de suscripciones o de determinados conocimientos.
El tema resulta bastante paradójico: aquella absurda idea del «todo gratis» que algunos idiotas defendían hace años, se ha convertido hoy en una red en la que hay que ir sacando la tarjeta de crédito a cada paso para poder tener acceso a determinados contenidos y experiencias de uso. Si eres un usuario con determinadas prioridades y posibilidades, las suscripciones a servicios en la red se apilan cada vez más en tu extracto mensual, y aunque no sean servicios indispensables o necesarios para la supervivencia, sí determinan el tipo de experiencia que tenemos al consumir contenidos.
El tema me afecta porque, en realidad, como persona que utiliza la red como parte fundamental de mi acceso a contenidos y como una parte fundamental de mi actividad académica, soy un absoluto privilegiado que generalmente puede leer prácticamente cualquier cosa: si no es por una suscripción que decida pagar porque me interesa personalmente, es por el acceso que me da mi condición de profesor de una institución que lo hace por mí. El resultado es que en muchas ocasiones termino vinculando a contenidos a los que algunos de mis lectores o mis alumnos simplemente no se plantean acceder, bien porque están detrás de algún tipo de muro de pago que no saben cómo saltarse – o no les compensa el procedimiento que hay que seguir para ello – o porque, si lo hacen, tienen una experiencia de uso lamentable.
En el acceso a contenidos de entretenimiento, la cosa parece seguir los mismos derroteros: la misma industria de los contenidos que logró, tras años de lucha, proponer a sus usuarios que dejasen de acceder irregularmente a sus contenidos gracias a plataformas de suscripción de uso sencillo, agradable y conveniente como Netflix, les ofrece ahora una propuesta consistente en suscribirse a cada vez más plataformas, cada una con su pago correspondiente, si quieren tener acceso a contenidos cada vez más atractivos que, por otro lado, forman parte de esa oferta «de la que todo el mundo habla». ¿Necesario? No, indudablemente, pero sí apetecible, y sin duda, el factor principal que está llevando a cada vez más personas a hacer equilibrios suscribiéndose a determinadas plataformas de forma gratuita durante un mes para cancelarlas al mes siguiente, o a volver a recurrir a las descargas irregulares.
Construir una red basada en la exclusión tiene un problema: que los excluidos terminan por tener una experiencia de uso miserable que les lleva o bien a buscarse formas de acceder a aquello que realmente les interesa, o bien a establecer experiencias diferenciales en función de los recursos que tiene cada persona. Si tienes dinero y sabes manejarte en la red, puedes navegar rápido, sin publicidad molesta, de manera razonablemente segura y privada, y accediendo a prácticamente cualquier contenido al que quieras tener acceso. Si no, tu navegador y hasta la música que escuchas estarán siempre llenos de anuncios y de pop-up que te informan de que determinados contenidos están fuera de tu alcance, y terminarás consumiendo información basura, sensacionalista y con tu ordenador lleno de trackers de todo tipo y condición. Si tienes dinero, utilizarás dispositivos y software que proteja razonablemente tu privacidad. Si no, ya sabes lo que te toca: la privacidad es, cada día más, un lujo que hay que pagar.
Tener o no tener: en la red, una frontera cada vez más visible.
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