Esqueletos en el armario
By Enrique Dans
Una exclusiva de ElDiario.es utiliza Graphext, una herramienta analítica creada por una joven empresa alojada en la incubadora de IE Business School, Area 31, para demostrar que el candidato del PSOE a la alcaldía de Madrid, Antonio Miguel Carmona, llevó a cabo una exhaustiva limpieza de su cuenta de Twitter – eliminó nada menos que 212 actualizaciones – entre el 11 y el 13 de junio, justo antes de la investidura de Manuela Carmena que apoyó con los votos de su grupo.
El análisis evidencia varias cuestiones, y ninguna de ellas positiva: primero, que Antonio Miguel Carmona estaba perfectamente informado con antelación de la maniobra mediática que se estaba preparando contra algunos de los concejales de la plataforma Ahora Madrid. Una maniobra perfectamente planificada en la que se llevó a cabo un examen exhaustivo de sus cuentas de Twitter, remontándose a varios años atrás, para poder encontrar tweets que pudiesen ser utilizados como posibles armas arrojadizas a la hora de pedir su dimisión, y se informó a la prensa española e internacional en una secuencia bien estudiada. Una prueba que, seguramente, muy pocos ciudadanos superarían. Y sin duda, un interesante concepto de lealtad: con esta mano apoyo la investidura con esta mano, mientras con esta otra preparo emboscadas para tratar de sabotearla.
Segundo, que no solo estaba informado de esa maniobra, sino que además, se preparó para evitar posibles “situaciones incómodas por comparación” realizando un “aseo completo” de su timeline para eliminar todo aquello que pudiera ser considerado reprochable. Se dedicó a dejar su cuenta “en estado de revista”… y en ese proceso eliminó no uno ni dos, sino nada menos que ¡¡212 tweets!! Exactamente como suena: el candidato Carmona, ante la tesitura de “ya que vamos a sacarle las vergüenzas a este, vamos a evitar que puedan decir algo de mí”, se encontró hasta doscientos doce momentos en su cronología de actualizaciones que, como si fueran esqueletos en el armario, pensó que sería mejor eliminar, presumiblemente porque eran susceptibles de ser descontextualizados y utilizados como armas arrojadizas. Doscientos doce comentarios de hasta ciento cuarenta caracteres que el candidato ha considerado mejor ocultar al escrutinio público. No está mal como idea de transparencia. Mientras con una mano envío a los sabuesos a buscar posibles situaciones que puedan ser presentadas como carroña, con la otra limpio mi cuenta por si me la encuentran a mí. Muy edificante. Lo que había en esas 212 actualizaciones, el contenido de los tweets que Antonio Miguel Carmona decidió que iba a ser mejor ocultar es algo que tendrá que ser dejado a la imaginación de los ciudadanos: ahí cada uno que piense lo que quiera.
Tercero, que pensó que “total, nadie se va a dar cuenta”, o que “aunque se den cuenta, creo que va a ser mejor así”. O no tiene ni idea de tecnología y desconoce que toda actividad en la red queda recogida en algún fichero log, o realmente el contenido de esos tweets borrados podrían haberle avergonzado mucho.
Todo indica que, en el tristísimo panorama político que el bipartidismo pretende construir, preferimos políticos que borran su pasado “por si acaso” a personas que en algún momento manifestaron algún tipo de opinión que fuese susceptible de ser descontextualizada. El PSOE prueba haber jugado un papel central en una operación específicamente montada para acosar y derribar a varios miembros de la ejecutiva municipal que estaba apoyando con sus votos, y parece inclinarse por la idea de que es mejor presentar un candidato anodino, que va con la goma de borrar en ristre eliminando todo aquello que tenga posibilidades de ser utilizado en su contra, eliminando todas aquellas cuestiones polémicas que en su momento pudo decir por si acaso son descontextualizadas. O peor, que ante la posibilidad de que le afeen lo que ha dicho, prefiere no decir nada, dedicarse a medrar en la sombra, sin hacer ruido.
Volvemos a lo de siempre: el sentido común. ¿Está justificado pedir la dimisión de alguien por actualizaciones descontextualizadas de hace varios años en una cuenta de Twitter, hechas cuando ni siquiera era un político profesional? ¿Realmente pretendemos absurdamente que alguien que hace humor negro tiene que tener ideas personales que coinciden con los recursos que ese humor utiliza? ¿De verdad creemos – o queremos hacer que creemos – que alguien que anima públicamente a ajusticiar a alguien le gustaría realmente hacerlo… o en realidad, todos sabemos que es simplemente una hipérbole, una forma de hablar y de dotar de énfasis a una idea, pero que la integridad física del personaje en cuestión no corre ningún peligro? ¿Cuánto de tanto escándalo es simplemente impostura, pose, exclamación de “en esta casa se juega” de quienes recurren sin problemas al humor negro o a las hipérboles en su vida cotidiana?
A mí todo esto me recuerda poderosamente a aquellas declaraciones de un joven Bill Clinton en marzo de 1992, cuando preparaba la campaña que le llevó a ocupar la presidencia de los Estados Unidos en 1993, en las que, confrontado con la evidencia de que había fumado marihuana cuando era joven, se defendió patéticamente diciendo que “sí fumé, pero no me tragaba el humo” (“I didn’t inhale“), una frase que ha pasado a los anales del absurdo maximalista de la corrección política.
La “política de toda la vida”, defendiéndose contra posibles “nuevos entrantes” con toda la siniestra artillería que pueda conseguir. “Mira lo que dijo Fulanito en su Twitter cuando era joven, qué barbaridad… escandalicémonos todos juntos”. Frentismo en estado puro, envenenamiento del diálogo para construir barreras de entrada, para que quien quiera venir a disputarnos el poder, se lo piense muy mucho o pase antes por el despacho del censor. Realmente, lo más deleznable en todo este asunto no eran los polémicos tweets denunciados: eran las ideas de quienes los han sacado a la luz.
Puedes leer el artículo completo en: : Esqueletos en el armario
