Energía sucia, energía limpia
By Enrique Dans
El gráfico que indica las nuevas instalaciones de generación de energía que serán añadidas a la red en los Estados Unidos durante este año 2023 aparece de un muy saludable color dorado: de un total de 54.5GW, más de la mitad, 29.1GW, serán de energía solar, con mucho la forma más barata de generar energía que tenemos a nuestra disposición.
Además, se añaden 9.4GW de capacidad de baterías y se retiran 15.6GW de capacidad de generación de la red que corresponden prácticamente en exclusiva a centrales alimentadas mediante gas (-6.2GW), carbón (-8.9GW) y fuel (0.4GW). Las baterías, obviamente, no generan electricidad, pero cumplen cada vez más la función equivalente a una planta de energía al enviar energía a la red cuando se necesita. Su instalación pasa del 11% de la nueva capacidad durante el 2022 (5.1GW) al 17% en el 2023, lo que supone un total de 9.4GW de nuevas baterías.
El país, aunque aún siga construyendo algo de capacidad en centrales de ciclo combinado alimentadas con un combustible fósil sucio como el gas, parece tener claro que el futuro va hacia el sobredimensionamiento del tejido de generación mediante energías limpias renovables y baterías, y la progresiva eliminación de centrales de generación sucia mediante carbón e hidrocarburos.
Lo importante de la cuestión no son simplemente las cifras y lo que suponen en ahorro de emisiones y en mejora de la salud de los que las respiraban y del planeta en su conjunto, sino la evidencia de que esta transición se lleva a cabo por la que para muchos, desgraciadamente, es la única razón contundente de todas: el coste. Deberíamos esperar que existiese un consenso amplio e inequívoco entre todos los habitantes del planeta para decidir que lo limpio es mejor que lo sucio, y que envenenar al planeta y a sus habitantes es algo malo, pero increíblemente no es así: aún quedan personas capaces de plantear que es mejor seguir polucionando, a cambio de mantener una capacidad de generación determinada, unos puestos de trabajo o una supuesta riqueza generada a corto plazo.
Aún existen personas en el mundo que, conociendo perfectamente las consecuencias del uso de combustibles fósiles, consideran que es mejor para ellos seguir utilizándolos por razones económicas, y que están dispuestos a hacerlo aunque ello suponga una mayor frecuencia de catástrofes naturales, un mayor sobrecalentamiento del planeta o una mayor frecuencia de enfermedades respiratorias. Por muy claros que estén los vínculos causales, existen personas que no quieren renunciar a cosas a las que la tecnología nos permitiría perfectamente renunciar, simplemente porque quieren seguir manteniendo un estilo de vida insostenible.
En cualquier caso: tal y como comentamos hace pocos días para la Unión Europea, las cosas parece que empiezan a ir por buen camino. Y eso es muy bueno para todos.
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