El vehículo eléctrico y el mercado de segunda mano

El vehículo eléctrico y el mercado de segunda mano

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By Enrique Dans

Cada vez son más los artículos que resaltan el buen momento que experimenta el mercado de segunda mano de los vehículos eléctricos en algunos países como los Estados Unidos y el Reino Unido, poniendo de manifiesto que el proceso de sustitución, si bien puede parecer aún muy incipiente en otros mercados, está en marcha y goza de buena salud.

Varios factores influyen en el desarrollo de este mercado: por un lado, la longevidad de los vehículos eléctricos, alejado ya aquel interesado mito que pretendía hacer creer que era necesario «cambiarles la batería» al cabo de algunos años y que ha resultado ser, como tantas otras cosas, completamente falso. La idea de que las baterías se depreciaban supuestamente «a gran velocidad» es desmentida todos los días por los usuarios de vehículos eléctricos y, sobre todo, por la experiencia de las flotas, que en muchos casos plantean una utilización muy intensa de sus vehículos, y experimentan unos niveles de degradación mucho menores de lo que algunos pretendían.

¿Qué lleva a muchos propietarios de vehículos eléctricos a desprenderse de ellos en el mercado de segunda mano? Por un lado, una costumbre de décadas de considerar un automóvil como un bien de depreciación muy rápida que, en muchos casos además, es adquirido mediante instrumentos financieros como el leasing o el renting que plantean su primer ciclo en plazos de relativamente pocos años. Por otro, la evolución tecnológica y la innovación en los vehículos eléctricos es sumamente rápida, lo que lleva a sus propietarios, en muchos casos, a querer incorporarse lo que perciben como una nueva generación de productos.

Por otro lado, los vehículos eléctricos se están demostrando, en muchos casos, como un gran negocio para sus propietarios: su menor desgaste derivado de su simplicidad mecánica y su bajo coste total de propiedad conlleva que, en muchos casos, su depreciación sea muchísimo menor que la de sus equivalentes de combustión interna, lo que posibilita desprenderse del vehículo habiendo conseguido un coste total de propiedad comparativamente ridículo, incomparable con respecto a lo que puede obtener el típico vehículo de combustión interna que suele depreciarse alrededor de un 20% o más nada más salir del concesionario. Si añadimos a este análisis el mucho menor coste de las recargas eléctricas frente al combustible y el escaso coste de mantenimiento, las matemáticas, lógicamente, tienden a salir.

A medida que más países van incorporándose a modelos como Noruega, donde la inmensa mayoría de los vehículos nuevos vendidos son eléctricos, y que más flotas de, por ejemplo, vehículos de alquiler apuestan por ellos, el número de vehículos que se ofrecen al mercado de segunda mano se incrementa, y facilita la entrada en la tecnología de usuarios que no se los planteaban debido a su mayor precio inicial.

Como todas las transiciones, cuestión de tiempo.

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