Eficiencia, transformación digital y función pública

Eficiencia, transformación digital y función pública

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By Enrique Dans

Un informe de Reform, un think tank británico generalmente calificado como conservador, evalúa en unos 250,000 los puestos de trabajo en la función pública que podrían ser sustituidos por la automatización y la robotización a lo largo de los próximos quince años. Anteriormente, otro informe de Oxford University y Deloitte estimaba esa cifra en unos 850,000 en ese mismo plazo. El número total de empleados públicos en el Reino Unido en el año 2016 era de 5.4 millones.

La idea de reducción del empleo en la función pública no resulta en absoluto inesperada o extraña. Después de todo, la reducción del papel del Estado como tal ha sido tradicionalmente uno de los ejes fundamentales de una de las grandes ideologías históricas, y es habitual que esa misma función pública sea vista por muchos como una fuente de burocracia e ineficiencia, que todo ciudadano en general vería con buenos ojos optimizar dado que su financiación proviene directamente de sus impuestos.

Una parte sustancial del trabajo desarrollado por el funcionariado público es de tipo administrativo y tiende a tener un elevado componente repetitivo. Recientemente, el gigante de la gran distribución norteamericana, Walmart, llevó a cabo una reducción de personal centrada precisamente en los puestos administrativos y de back-office, incidiendo en tareas que se consideraban fáciles de automatizar, agrupar y sustituir. La idea de “mover papeles”, que en algunos casos está desapareciendo dentro del funcionariado a medida que se llevan a cabo procesos de transformación digital en la Administración, no oculta que tras la ineficiencia directa vinculada con el uso del soporte físico, existen una buena cantidad de flujos de información y procedimientos que se convierten en gran medida en redundantes cuando ese papel desaparece. El pasado sábado, por ejemplo, obtuve a través de la web de mi Ayuntamiento un comprobante de pago del impuesto municipal de circulación que hace pocos años me habría obligado a esperar al lunes y a acercarme a una ventanilla en el Ayuntamiento, un típico trámite burocrático que solía implicar un rato de trabajo de un funcionario público y que ahora el ciudadano lleva a cabo directamente.

El desarrollo de chatbots basados en inteligencia artificial, de hecho, se cita como uno de los grandes elementos que podrían redundar en una fuerte reducción de personal en la función pública dedicado a la interacción con el ciudadano. Y ese elemento, el de la interacción con el ciudadano, es solo una parte de los habitualmente citados en los procesos de transformación digital. Faltaría contemplar todos los elementos de flujos de información y procesos, en los que indudablemente también se podría llevar a cabo una importante ganancia de eficiencia que se cifraría en su correspondiente reducción de personal necesario, y asimismo, las oportunidades de reconvertir el modelo de negocio, que en la función pública se reinterpreta como la posibilidad de convertir muchos de los elementos en plataformas al servicio del ciudadano. La idea de plataforma, por otro lado, sintoniza muy bien con las tendencias relacionadas con el open data, con el uso de los datos del ciudadano para, con las debidas garantías de privacidad y confidencialidad, plantear productos y servicios más eficientes al ciudadano desde la iniciativa privada.

¿Podría ser la función pública uno de los sectores más afectados por la sustitución tecnológica? Hablamos de puestos habitualmente sujetos a una fuerte sindicalización y con garantías de estabilidad laboral importantes, que serían objeto de una presión por la eficiencia cuya necesidad seguramente pocos podrían o querrían discutir. ¿Está esta más que posible reconversión tecnológica de la función pública en la agenda de nuestros políticos?

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