De la era de la información a la era de la reputación

De la era de la información a la era de la reputación

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By Enrique Dans

Uno de los artículos más recomendables que he leído últimamente está escrito por la filósofa italiana Gloria Origgi, se titula Say goodbye to the information age: it’s all about reputation now, y hace referencia a la transición progresiva desde la llamada “era de la información”, en la que lo importante estaba en tener acceso a cuanta más información fuese posible, a la “era de la reputación”, en la que lo que cuenta es ser capaz de discernir la calidad y fiabilidad de esa información, uno de los elementos que resulta fundamental introducir en la educación desde sus niveles más básicos, y al que me he referido en numerosas ocasiones.

En efecto: el signo de los tiempos ya no es “tener conexión” en un mundo en el que ya cada vez más personas la tenemos. El acceso a la información, siendo obviamente cada vez más necesario y para más cosas, ya no es lo importante: lo verdaderamente importante es saber manejar esa información con los criterios adecuados. El nuevo idiota, en su acepción más literal, es el que hace búsquedas y acepta sistemáticamente como verdad absoluta el primer resultado que aparece en la página, o el que se cree todos los bulos que le llegan a través de una pantalla o el incapaz de diferenciar una fuente confiable de una que no lo es en absoluto. La información tiene valor si está curada, verificada, filtrada, evaluada y comentada, y la reputación se convierte en la base más importante del proceso de construcción de inteligencia colectiva.

Creer en estupideces y conspiranoias sin base científica, llámense movimiento anti-vacunas, o chemtrails, o que el hombre nunca llegó a la luna o que el cambio climático no existe, te etiqueta automáticamente como un pobre ignorante desinformado incapaz de diferenciar información veraz de tonterías, la nueva categoría de pobre, al que se puede manipular con toda facilidad. Te convierte en unos de los que contribuyen con sus acciones a que las mentiras se difundan y terminemos teniendo una red – y una sociedad – peor. El idiota es el que recibe un bulo a través de un grupo de WhatsApp y, sin pararse ni siquiera a verificarlo o a pensarlo, lo circula rápidamente en varios grupos más para que vean que es “el listo”, “el enterado” o “el que se preocupa por los demás”. Cuestiones que empiezan desgraciadamente, desde la infancia: en YouTube Kids aparecen vídeos sobre conspiraciones reptilianas y negacionismo de la llegada a la luna como si fueran algo normal, algo que poner a disposición de mentes no entrenadas aún en la verificación de fuentes, cuyos padres, en muchos casos, utilizan el ordenador como baby-sitter sin supervisión de ningún tipo, a cambio de un rato de tranquilidad.

Incorporar ese tipo de habilidades en la educación desde los niveles más tempranos es la clave para evolucionar hacia la era de la reputación. No, la solución no es alejar a los niños de sus smartphones: es precisamente lo contrario, integrar esos smartphones completamente en el proceso educativo, enseñar a los niños a manejarlos no desde un punto de vista de uso de la tecnología, que resulta bastante trivial,, sino de la gestión de información. Matar de una maldita vez el libro de texto y acostumbrarnos como sociedad a que la verdad no está entre las páginas tal y tal, o en capítulo tal: la verdad está en la red, en la capacidad de filtrar, verificar y comprobar las fuentes, en la posibilidad de contrastar, de descartar y de desarrollar el juicio crítico. Esa es la habilidad fundamental que tenemos que enseñar a nuestros hijos… pero también, sin duda, a muchos de sus mayores. Hablar de adicciones es una soberana estupidez, equivocar completamente el diagnóstico: no hay adicciones, solo hay falta de educación. Estar conectado a todas horas no es necesariamente malo: es perfectamente normal si se hace con los criterios adecuados. Recurrir a la red para muchas cosas no es negativo, pero es ese criterio es lo que hay que desarrollar. Por alguna razón, hemos pretendido eliminar de la educación el concepto de confrontación, lo que nos lleva a una total complacencia y produce niños que no es que sean adictos y se vuelvan violentos si les quitamos sus dispositivos… es que son, pura y simplemente, unos enormes maleducados. La solución no está en hacer los dispositivos menos atractivos o en incorporar controles para que los padres puedan subcontratar la educación en ellos: está en educarlos mejor, en prepararlos para un mundo en el que esos dispositivos son ubicuos.

Hemos creado una herramienta poderosísima, y la hemos puesto en manos de personas sin ningún tipo de preparación, juicio crítico o comprensión del fenómeno tecnológico. Personas que creen que tener un smartphone o un ordenador les convierte en algo, cuando la realidad es que, sin el criterio adecuado, los convierten en un vehículo de desinformación, en auténticos idiotas reputacionales. Los parias de la era de la reputación lo pueden ser por motivos generacionales, de inadaptación, de falta de acceso a la educación o de ausencia de la misma por la razón que sea. Definitivamente, un mal de nuestro tiempo. Y una de las razones por las que sigo en la educación: el convencimiento de que tenemos mucho que hacer en ese sentido.

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