Cuando Uber deja de ser el débil

Cuando Uber deja de ser el débil

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By Enrique Dans

El alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, se ve obligado a retractarse en sus planes para establecer controles sobre el volumen de actividad de Uber en la ciudad, tras una fortísima campaña de comunicación de la compañía que ha incluido desde anuncios a toda página en la web del New York Times hasta una supuesta opción en la app de Uber, etiquetada inequívocamente como “de Blasio”, que invita a los usuarios a tomar acción contra los planes del alcalde. Además, una campaña de apoyo de celebridades como Kate Upton, Neil Patrick Harris o Ashton Kutcher inundó las redes sociales con hashtags como #UberNYC o #UberMovesNYC, al tiempo que la compañía publicaba toda la información detallando su actividad total para contrarrestar la idea de que contribuía a la congestión de la ciudad.

Los resultados han sido claros: el alcalde no ha podido resistir la presión, y ha dado marcha atrás a su propuesta, negociando con Uber una alternativa que supone emprender un estudio de cuatro meses sobre los efectos de Uber en el tráfico de la ciudad. Al tiempo, el mayor magnate de los taxis de Nueva York, Evgeny Freidman, anuncia la quiebra de sus dos docenas de compañías, con un escrito en el que solicita la bancarrota en el que menciona a Uber en veintiuna ocasiones.

La cuestión es clara: a pesar de los supuestos obstáculos regulatorios, las compañías de lo que se ha dado en llamar la “sharing economy” siguen atrayendo el interés de los inversores y amenazan con salidas a bolsa que las capitalizarían aún más. Y ese poder, unido a una cuidadosa planificación, las está convirtiendo en potentes influenciadores de la vida pública de los Estados Unidos, hasta el punto de condicionar incluso la próxima campaña presidencial. Oponerse a Uber, a Lyft, a Airbnb y a compañías similares supone enfrentarse no solo a decenas de miles de trabajadores que desean obtener ingresos adicionales a cambio de flexibilidad total, sino también potencialmente a millones de usuarios satisfechos, que quieren acceder a las posibilidades de servicio que estas compañías les ofrecen.

La situación en los Estados Unidos contrasta con la que se vive en Europa, donde este tipo de compañías llevan algo menos de tiempo actuando, y la masa social que mueven, tanto de trabajadores como de usuarios, es bastante menor. La decisión que supuso la suspensión de la actividad de Uber en España ha sido llevada por la compañía al Tribunal de Justicia de la Unión Europea, que emitirá una decisión al respecto en algún momento del próximo año, y que sin duda será muy comentada. Por el momento, la cuestión parece clara: para los políticos, oponerse al desarrollo de este tipo de plataformas supone una opción netamente perdedora, que los retrata como protectores de los intereses de los lobbies o como enemigos del progreso. Pero a partir de cierta masa crítica, encontrarse de repente con toda una campaña en medios, en las redes sociales y con celebridades de todo tipo en su contra supone un dolor de cabeza de primera magnitud. Y Uber ha demostrado no solo saberlo, sino además, gestionarlo muy bien desde el punto de vista de la comunicación.

El ejemplo de los Estados Unidos, con el reciente caso de Nueva York, no deja lugar a dudas sobre cómo vienen los tiempos. A partir de un momento determinado, la situación se da la vuelta, y el que originalmente parecía el más débil, deja de serlo. Si creías que esta historia se había acabado con una absurda decisión judicial en la que se decía que no se podía notificar a una compañía “porque estaba en Delaware” cuando en realidad tenía oficinas abiertas en plena Diagonal barcelonesa… piénsalo de nuevo: esto no ha hecho más que empezar.

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