Contaminación y medidas excepcionales
By Enrique Dans
Ayer fue el primer día en el que el Ayuntamiento de Madrid activó medidas excepcionales contra la contaminación, y prohibió el aparcamiento en zonas reguladas con el fin de desincentivar el uso del vehículo privado, medida que fue levantada hoy por la mejora de los índices y la menor circulación en fin de semana. Una situación que corresponde con una situación específica – calefacción encendida en la mayoría de hogares y ausencia de precipitaciones o viento que limpie la contaminación generada – pero que creo que vamos a encontrarnos cada vez con mayor frecuencia. E incluso, muy posiblemente, con medidas adicionales.
La decisión del ayuntamiento ha sido criticada por su premura, por la falta de coordinación con otras instituciones, y por una supuesta falta de mesura: según algunos, no eran necesarias medidas tan drásticas. Sin embargo, la gran verdad es que medidas como estas debían haber sido tomadas mucho antes, en numerosas ocasiones, y que lo que estamos viviendo es la primera ocasión en que un ayuntamiento tiene la valentía de hacer caso a los protocolos, interpretar correctamente las lecturas de los instrumentos, y tomar decisiones que, aunque obviamente incómodas e indudablemente impopulares, son más que necesarias. No, los instrumentos de medida no están para publicar sus resultados, sacudir la cabeza y lamentarnos. Están para tomar decisiones. Y hasta el momento, a pesar de que hemos vivido períodos con lecturas de calidad del aire que superaban todos los límites del sentido común, nadie había querido tomar ni una sola medida al respecto. La inacción como política. No, así no se va a ningún lado.
Lo más difícil a la hora de juzgar a un enemigo es hacerlo cuando este parece invisible. Y en el caso de la contaminación, es completamente así. No es invisible como tal, pero sí lo son, aparentemente, sus efectos. La fotografía que ilustra esta entrada es lo que veo muchas mañanas cuando entro en Madrid. No está tomada ayer, no pretende ser periodística, pero sí es una imagen tristemente habitual. ¿Qué quiere decir que “la situación no exige esas medidas”? ¿Que no hay gente cayendo al suelo asfixiada mientras caminan por la calle? Por supuesto, ¡es que no estamos hablando de un ataque con armas químicas! No, los efectos de niveles de contaminación tan elevados no son así: las personas no caen al suelo ni fallecen entre estertores mientras vomitan sangre. Hablamos de consecuencias a medio plazo para la salud de los ciudadanos, de desarrollo de patologías respiratorias, del incremento de alergias, de trastornos de diversos tipos que afectan gravemente a la salud de los ciudadanos. No hablamos de “molestias”, sino de alteraciones graves de la salud relacionadas con estar sometidos a ese ambiente. No, no las vamos a ver delante de nuestros ojos hoy mismo: ocurren lentamente, y cuando las sufrimos, no necesariamente las relacionamos con la contaminación, sino con otras muchas cosas. Cuando pensamos en la contaminación, tendemos a verla como algo inevitable, como un factor más del ambiente, como un mal necesario, casi como un precio a pagar, un coste de una civilización que creemos que, en balance, nos da más de lo que nos quita. Pero no es así. Renunciar a la lucha contra la contaminación tiene un coste mucho, muchísimo más alto de lo que parece. Y no está justificado. En ningún caso.
No poder aparcar en Madrid es muy molesto. Circular por la M30 a setenta kilómetros por hora nos hace sentir casi ridículos. Tener que cambiar tus hábitos de desplazamiento debido a las restricciones es incómodo, sin duda, y más si la coordinación de las medidas con el resto de los actores implicados no está optimizada porque no se cuenta con precedentes en medidas similares. Posiblemente las medidas podían haberse coordinado mejor, podían haberse anunciado de manera más eficiente o podrían haberse gestionado tratando de minimizar en la medida de lo posible las molestias para los ciudadanos. Pero es preciso entender que un determinado nivel de molestias va a estar ahí siempre en cualquier caso, y que el momento de criticar la descoordinación no es el primer día que se toman medidas de este tipo, cuando aún no se cuenta con experiencia en situaciones similares. Pero las medidas, nos pongamos como nos pongamos, están más que justificadas y son necesarias, aunque alguno pretenda frivolizar porque no ve a nadie cayendo muerto al suelo cuando inhala una bocanada del contaminado aire madrileño. Un poco de contexto, por favor: las molestias son eso, molestias. Incomodidades, pequeños trastornos. Los perjuicios a la salud, aunque ocurran más adelante y de manera aparentemente inconexa, son mucho más graves. Y lo cierto es que la situación en Madrid, como en muchas otras grandes ciudades, exige cambios y medidas drásticas. Que sea el ayuntamiento el primero que las tome me parece, simplemente, valentía y buen criterio a la hora de evaluar las escalas de valores. No, por supuesto que Madrid no es la ciudad más contaminada del mundo. Ni falta que nos hace.
Tenemos que empezar a pensar que la situación actual es sencillamente insostenible, y nos va a demandar cambios importantes en nuestros hábitos. Un gran porcentaje de la contaminación que inhalamos proviene del tubo de escape de nuestros vehículos, de los que hacemos además un uso completamente ineficiente. Una variable sobre la que hay que actuar ya, que va a conllevar un cambio en la civilización que conocemos, pero sobre la que, actuando, se pueden conseguir efectos tangibles y relativamente rápidos. Tenemos hábitos que consideramos derechos inalienables, pero que dejan de serlo en cuanto tienen que ser supeditados a la preservación de un bien mayor: la salud pública. Es fundamental desincentivar el uso ineficiente del vehículo privado y dejar de considerar la contaminación como algo que no puede ser evitado o contra lo que no es necesario tomar medidas. El problema está aquí, delante de nuestras narices – nunca mejor dicho – y requiere medidas urgentes. Esconder la cabeza tras un patético “no pasa nada” no ayuda, y responde simplemente a la táctica del avestruz o a la actitud del político dispuesto a seguir provocando daños a la salud de sus ciudadanos con tal de no tomar unas medidas que, por impopulares, serían susceptibles de restarle votos.
La calidad del aire en Madrid es espantosa. Las medidas que se pueden tomar para luchar contra ello son incómodas, provocan trastornos y molestias, nos limitan en nuestra libertad de desplazamiento o en nuestras opciones. Pero seguir sin hacer nada y sin tomar medidas es completamente irresponsable. O empezamos a concienciar a la ciudadanía de que es IMPRESCINDIBLE hacer algo, o empezamos a crear un estado de opinión que nos haga conscientes de la necesidad de cambios drásticos en nuestros hábitos, o no vamos absolutamente a ningún sitio. Lo dije claramente en Twitter, y lo repito aquí con más desarrollo, reafirmándome en la idea de que alabar las medidas de un ejecutivo no tiene por qué implicar ningún tipo de alineamiento con su programa o con sus tesis políticas, sino simplemente eso: mi enhorabuena y aplauso al ejecutivo municipal de Manuela Carmena por tener la valentía necesaria para tomar unas medidas que, aunque incómodas e impopulares, hacía mucho que había que haber tomado. Es así como se comienzan a solucionar los problemas. Y este problema, por mucho que algunos irresponsables se empeñen en negarlo y pretendan anteponer frívolamente su comodidad a todo lo demás, es de los de verdad.
Vayámonos acostumbrando a medidas como esta, porque van a ser tristemente necesarias. Y esperemos que las autoridades sigan teniendo la estatura política necesaria como para tomarlas sin vacilar. Porque fundamentalmente hablamos de eso: de medidas necesarias, y de estatura política para tomarlas.
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