Comida a domicilio: no, no era tan sencillo…

Comida a domicilio: no, no era tan sencillo…

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By Enrique Dans

Uber Eats y Postmates (adquirida por Uber en julio de 2020) han sido declaradas culpables en la ciudad de Chicago por haber listado en sus aplicaciones de comida a domicilio a numerosos restaurantes sin su consentimiento, y condenadas a pagar diez millones de dólares, cinco de los cuales irán destinados a compensar a los más de dos mil quinientos establecimientos afectados, y otra parte a la administración para cubrir los gastos de la investigación de más de dos años que tuvo que llevar a cabo para demostrar los efectos de la política de la compañía. Hay casos similares planteados también en la ciudad de Chicago contra competidores de Uber Eats como Grubhub y DoorDash que aún no han recibido veredicto.

Las evidencias se acumulan: cuando, hace algunos años, múltiples compañías se abalanzaron sobre los servicios de envío de comida a domicilio como si no hubiera un mañana, lo hicieron en unas condiciones que se parecían más a las del salvaje Oeste que a las de un entorno razonablemente civilizado. Rápidamente, captaron a miles de trabajadores a los que obligaron a llevar a cabo su labor sin ninguna de las protecciones que llevábamos mucho tiempo consolidando como sociedad: en muchos casos, los trabajadores ponían su propio medio de transporte, trabajaban más horas de las debidamente reguladas, y renunciaban a derechos como paro, vacaciones o seguros.

La excusa era sencilla: vienes, te apuntas en la app, y empiezas a ganar dinero, sin más. En la práctica, eso escondía un subempleo en condiciones dramáticas, y aunque algunos trabajadores estuvieran a gusto con esa flexibilidad, muchos otros entraron en una dinámica por todos conocida: muchas horas trabajando para una compañía, pero sin derecho a nada. Si te accidentas, problema tuyo, haber tenido más cuidado.

Como es lógico, la administración ha ido regulando de manera cada vez más cuidadosa ese tipo de acciones, y ahora, cada vez más, ese tipo de trabajadores deben ser considerados empleados, y no simplemente «freelancers que pasaban por allí». El liberalismo salvaje tiene, o mejor, debe tener, algún tipo de límites.

Con los restaurantes, ocurre lo mismo: ¿quién diablos eres tú para decidir listar mi establecimiento en tu aplicación sin mi consentimiento, establecer un precio como te dé la gana, y cuando alguien quiere mis servicios, simplemente enviarme uno de tus trabajadores a la puerta con una bicicleta y una mochila? ¿Y si no me interesa? ¿Y si simplemente quiero tener más control sobre mi negocio? ¿Y si no quiero pagarte ningún tipo de comisión? ¿Quién eres tú para operar sin ningún tipo de respeto a la lógica empresarial, con el simple argumento de «esto no se hacía antes»?

Algunos de los emprendedores que hemos glorificado como sociedad por edificar compañías a las que llamamos «unicornios» han respondido, en la práctica, más a un patrón de aprovechar espacios poco regulados, o no suficientemente, para generar prácticas de muy dudosa legalidad o de muy dudosa ética. Cada vez más, a medida que conocemos los efectos de su funcionamiento, llega el momento de ir poniendo las cosas en su sitio.

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