China como líder mundial
By Enrique Dans
Sin duda, el artículo que más ha alborotado esta semana en el entorno tecnológico ha sido el escrito por Mike Moritz, uno de los directivos de referencia de Sequoia Capital, en el Financial Times, titulado “Silicon Valley would be wise to follow China’s lead“: un inversor billonario, aconsejando a los trabajadores de las empresas de Silicon Valley que se dejen de discutir sobre la longitud de la baja de paternidad, las vacaciones sin límite, la calidad de los masajes gratuitos o la imperiosa necesidad de disponer de una sala de ensayos para tocar instrumentos musicales en el trabajo, y se pongan a trabajar como se trabaja en las empresas tecnológicas chinas.
¿Cómo se trabaja en las empresas tecnológicas chinas? Muy sencillo: muchos días, se entra a las diez de la mañana y no se va uno a casa hasta pasadas las doce de la noche, y así seis o incluso siete días a la semana, cenando en una sala de reuniones con tus compañeros y aún poniéndote tres reuniones después de la cena, con algunas pausas ocasionales para descansar simplemente apoyando la cabeza en la mesa con los brazos como almohada. Si hace frío en tu puesto de trabajo, no pidas mas calefacción, que cuesta dinero: ponte el abrigo, o la bufanda si hace falta. Y a tus hijos, ya sabes: si quieres una carrera profesional exitosa, que los críen tus padres o una nanny, porque como mucho, los verás unos pocos minutos al día.
Las observaciones de Moritz tras una temporada en China van completamente en contra de las tendencias del management occidental expresado en las compañías de Silicon Valley, centrado desde hace años en intentar proporcionar condiciones competitivas que retengan determinados tipos de talento de difícil acceso, al menos en aquellos centros de trabajo donde ese talento se considera fundamental. Desde hace muchos años, los Glassdoor y similares se centran en analizar no solo el dinero que pagan las compañías, sino los beneficios de todo tipo que ponen encima de la mesa para fidelizar a sus trabajadores, en una tendencia que, al menos en Silicon Valley, se ha ido generalizando para dar lugar a una cultura que cada vez los considera más importantes, más decisivos a la hora de plantearse una carrera profesional. Hace algunos años, esto era típico en empresas consolidadas con márgenes saneados: ahora, no es extraño verlas incluso en startups que aún no han lanzado su primera ronda de financiación. En Silicon Valley, las empresas que alcanzan una alta consideración son las que miman a sus trabajadores con todo tipo de privilegios. En China, las empresas bien consideradas son las que triunfan y se expanden por el mundo, y el verdadero privilegio es matarse a trabajar en ellas, no que te den masajes o te dejen jugar al futbolín en horas de trabajo.
Esa tendencia a acomodarse en unas condiciones de ensueño, que muchos discuten porque ven como una manera de que se trabaje más o que otros consideran una dinámica normal – o una conquista – en un mundo en el que muchos de los planteamientos que nos hacíamos sobre el trabajo están cambiando, convierten a las compañías occidentales en muy poco competitivas con respecto a sus homólogas chinas. La interpretación de Mike Moritz es sencillamente esa: nos parezca mejor o peor, veamos la alternativa de trabajar como los chinos como una pesadilla o como una necesidad, la realidad pragmática es que China se dispone a dominar el mundo y a conquistar todas las industrias, a marcar la agenda internacional gracias a una fuerza de trabajo con una ética y unos valores diferentes que el mundo occidental parece considerar completamente inaceptables, fuera del marco de su contrato social.
Más allá de la experiencia de Moritz, no hay más que leer las conclusiones del XIX Congreso Nacional del Partido Comunista Chino, que no solo tiene 89 millones de miembros, sino además, unas generaciones jóvenes entusiasmadas con el papel de China en el mundo, con lo que perciben una fortísima e imparable superioridad del modelo chino frente a las débiles y enfermas democracias occidentales, y dispuestos a emplear varias horas al día completamente gratis defendiendo los argumentos de sus dirigentes frente a idiotas equivocados en internet. En los artículos de conclusiones publicados por Xi Jinping, se hace un hincapié especial en cómo el mundo necesita a China para dibujar su futuro, y cómo, en el ocaso de la era de dominación de los Estados Unidos y su pérdida de influencia en el mundo bajo el liderazgo de un perfecto imbécil, las ambiciones globales chinas dibujan una nueva era en la que el país se ve en el centro del escenario y haciendo mayores contribuciones a la humanidad, desde ambiciosísimos planes de infraestructuras de transporte que reconstruyen la ruta de la seda y exceden en dimensiones al Plan Marshall, hasta, como no, una nueva ética del trabajo centrada en la expansión internacional y una nueva definición de las relaciones sociales en torno a la ausencia total de privacidad.
Podremos ver tímidas reacciones en contra, o predicciones que afirman que la naturaleza del hombre es única y que la sociedad china, a partir de un determinado nivel de bienestar, se reconducirá hacia los mismos estímulos que caracterizan a unas sociedades occidentales que muchos aún insisten en ver como más avanzadas, más evolucionadas. Pero otros, viendo cómo exitosas compañías y empresarios chinos empiezan a hacerse con los edificios más emblemáticos, los clubes y estadios de fútbol o los servicios básicos como el transporte en cada vez más países occidentales, empiezan a dudar esa línea temporal: el pragmatismo chino, que renuncia a la democracia y a las decisiones tomadas libremente por el pueblo en beneficio de las de una élite creada y diseñada para regir esos destinos, parece simplemente más eficiente, en un giro que asusta a todos los que nos consideramos demócratas o consideramos la democracia una característica fundamental y básica de la sociedad en la que queremos vivir.
Las tecnologías más importantes de la historia de la humanidad se están desarrollando en China. Los inmigrantes chinos a los Estados Unidos abandonan Silicon Valley para ser ricos de vuelta en su país, convertido en tierra de oportunidad. El camino de China hacia el liderazgo del mundo es tan sencillo como el pragmatismo: mientras Occidente discute cómo hacer las cosas “a su manera”, China cuestiona directamente la democracia, no considera algunos de los más elementales derechos humanos, retuerce las reglas y acuerdos del comercio internacional y exige respeto a su liderazgo y a su visión como una vía alternativa, la suya. A medida que, cada año, pasan por mis clases en una de las mejores escuelas de negocio del mundo cada vez más alumnos brillantes procedentes de China, me doy cuenta de que en China no se habla de política: no hace falta. El éxito de su sistema y su visión del futuro del mundo anula todo cuestionamiento y toda consideración de necesidad para esa conversación.
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