Bloquear o no bloquear contenidos: la gran discusión

Bloquear o no bloquear contenidos: la gran discusión

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By Enrique Dans

La discusión sobre si bloquear o no bloquear contenidos vuelve al Reino Unido: en la actualidad, toda instalación de banda ancha doméstica exige a su propietario responder al tipo de filtro que desea para los contenidos a los que desea acceder a través de ella, entre distintos epígrafes que incluyen pornografía, descargas no autorizadas, etc., una opción que, según las investigaciones del regulador, Ofcom, ha demostrado ser escasamente popular: de los cuatro proveedores de acceso más importantes, únicamente uno ha recibido solicitudes de bloqueo de más de un tercio de sus usuarios, mientras los otros se mantienen en porcentajes que oscilan entre el 4% y el 9%.

Ahora, probablemente influenciados por la baja tasa de aceptación de los citados filtros a nivel doméstico, los conservadores vuelven a la carga pretendiendo exigir a los proveedores de contenidos pornográficos que desarrollen mejores métodos para filtrar sus contenidos a menores de edad o, en caso de no hacerlo, ser incluidos en una lista negra que será objeto de bloqueo a nivel de los proveedores de acceso. La discusión, aunque se refiere a un escenario concreto en un país determinado, resulta enormemente interesante a todos los niveles en función de lo que puede desprenderse de ella: ¿deben realmente ese tipo de contenidos ser filtrados? ¿Resulta mínimamente viable hacerlo?

La discusión es, en realidad, mucho más compleja de lo que inicialmente podría parecer, y toca aspectos que van desde la libertad de expresión hasta la responsabilidad de los padres en la educación de sus hijos, además de los puramente tecnológicos. Tecnológicamente, la respuesta a la pregunta de si pueden llegar a elaborarse filtros verdaderamente eficientes es relativamente sencilla: no. Países como Australia, que en su momento llegaron a implantar sistemas de filtrado de contenidos y que han estudiado volver a implantarlos varios años después, han llevado a cabo pruebas y publicado informes que demuestran que, a pesar del importante avance tecnológico que estos han experimentado, siguen siendo ineficientes a la hora de discernir correcta y fehacientemente el contenido que debe ser filtrado y el que no.

Censurar todas las páginas que publican contenido pornográfico en internet es completamente inviable: la lista no solo sería enorme, sino que resultaría imposible de mantener actualizada, debido al enorme dinamismo de este segmento. Los intentos que se han hecho en este sentido han resultado infructuosos en ambos sentidos, en el de dejar de bloquear páginas que respondían al criterio de bloqueo, y en el de bloquear páginas que no tenían por qué haber sido bloqueadas. Obviamente, no todos los contenidos pornográficos llegan a través de páginas web, y no tiene mucho sentido bloquear esas páginas si los usuarios pueden acceder a contenidos similares a través de P2P, foros o grupos de diversos tipos. Los filtros son incapaces de reconocer adecuadamente contextos, de manera que todo aquel contenido que hable de pornografía o que contenga fotografías que puedan interpretarse como pornográficas, sean artísticas, médicas o de otros tipos, resultan incorrectamente bloqueados. Estudios destinados a determinar la eficiencia de estos filtros han concluido que los más restrictivos llegan a bloquear en torno a un 91% del contenido pornográfico, pero pagan muy cara esa eficiencia bloqueando también un 23% de contenidos catalogados como no pornográficos.

La brecha tecnológica generacional también juega en contra de los filtros: ¿podemos confiar en el mantenimiento de esos filtros a nivel doméstico cuando los usuarios teóricamente más interesados en acceder a esos contenidos son, en muchos casos, tecnológicamente más aptos que sus padres? ¿Puede un filtro diseñado para ser gestionado por adultos inexpertos resistir los intentos de modificarlo llevados a cabo por un adolescente “hormonalmente empeñado” en desactivarlo? O incluso, dando un paso más allá: ¿qué impide que ese mismo adolescente se haga con una VPN o acceda a través de un proxy, opciones que en el caso del Reino Unido ya han sido ampliamente popularizadas debido a los sucesivos intentos del gobierno de bloquear páginas de descarga de contenidos?

Pero más allá de la cuestión puramente tecnológica, existen otras preguntas igualmente relevantes: los filtros producen en los padres una ilusión de seguridad y una relajación en la educación, una clara dejación de responsabilidades en manos de la máquina. Cuando todo indica que la mejor respuesta al consumo de contenidos pornográficos está en la educación, en quitarles importancia y en desmitificarlos de manera que no sean visto como algo sujeto al atractivo de lo prohibido, los filtros llevan a una inacción que redunda en que esos mismos adolescentes, incluso aunque el filtro funcionase bien, se verían en algún momento expuestos – en otro ordenador, en casa de un amigo, etc. – a esos contenidos para los que no los hemos preparado, que pasarían a tener sobre ellos un efecto potencialmente mucho más perjudicial. Después de todo, si durante generaciones hemos tenido un acceso relativamente poco restrictivo a pornografía y la amplia mayoría de los adultos actuales han desarrollado una relación con ese tipo de contenidos que no puede calificarse como de “enfermiza”, ¿qué nos lleva a pensar que la época actual debería hacer precisas medidas diferentes? O, como otros usuarios dicen, ¿por qué la ineptitud de algunos padres a la hora de educar a sus hijos redunda en que se intenten bloquear determinados contenidos a nivel de todo un país? Después de todo, si unos padres desean, por la razón que sea, llevar a cabo un bloqueo de contenidos, cuentan con una oferta suficientemente elevada de filtros parentales en el mercado como para intentar llevar a cabo esa opción, sin necesidad de que ese bloqueo sea efectuado a nivel general.

Desarrollar y activar todo un sofisticado sistema de filtros es una manera de poner en marcha un sistema de control social, que muchos gobiernos desearían tener a la hora de controlar el acceso a otros contenidos, no necesariamente pornográficos. Para muchos, es el precedente de una “gran muralla china“, una forma de, con la excusa de la pornografía, ofrecer a un gobierno un banco de pruebas perfecto para desarrollar filtros para otros contenidos que puedan considerar peligrosos en otro momento.

La cuestión de los filtros está de máxima actualidad, y entronca con la supuesta responsabilidad de protección que los ciudadanos parecen exigir a sus gobiernos. Por el momento, países como Canadá, Dinamarca, Estados Unidos, Finlandia, Italia, Noruega, Nueva Zelanda, Reino Unido y Suecia han puesto en marcha sistemas de este tipo para bloquear el acceso de sus ciudadanos a contenidos como pornografía infantil, una tendencia que aún no ha demostrado ningún tipo de efectividad. Marginalizar el contenido mediante filtros parece más bien tender a ocultar el problema, en lugar de luchar realmente contra su producción o su consumo: una situación de “esconder el problema bajo la alfombra” con la que muchos gobiernos y ciudadanos parecen encontrarse razonablemente cómodos, pero que no combate en modo alguno la raíz de la cuestión, e incluso convierte algunos contenidos en más atractivos para aquellos que podrían tener tendencia a consumirlos.

La frontera entre la responsabilidad de los padres a la hora de educar a sus hijos y la del gobierno de proteger a sus ciudadanos parece jugar un papel fundamental en esta discusión. Lo que los conservadores británicos – y muchos otros gobiernos de similar ideología – parecen decir es algo así como “quiero que el gobierno me proteja a toda costa (y sobre todo, proteja a los niños, convertidos en excusa que todo lo justifica) de todo aquello malo que pueda venir por mi conexión de red”. Y eso, nos pongamos como nos pongamos, es no solo imposible, sino también profundamente peligroso.

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