Airbnb, su impacto económico y otras consideraciones
By Enrique Dans
Esta mañana tuvo lugar la presentación del estudio “El impacto económico de Airbnb en Madrid” (pdf, 14.1 MB) desarrollado por la propia compañía y por el profesor Francesco D. Sandulli, de la Universidad Complutense de Madrid, a partir de datos de ocupación, encuestas sobre anfitriones y huéspedes de la compañía, datos del INE sobre magnitudes económicas, e información de Cleantech Group sobre impacto medioambiental. Anteriormente se había presentado un estudio similar referente a Barcelona, con magnitudes coherentes: según los datos que maneja la compañía, mientras su actividad genera en Madrid un total de 323 millones de euros y 5.130 puestos de trabajo, en Barcelona llega a suponer un total máximo estimado de 128 millones y 4.310 empleos.
Números aparte, el informe viene a probar cuestiones que tienen, desde un punto de vista intuitivo, todo el sentido del mundo: con su plataforma, Airbnb ha reducido los costes de coordinación y comunicación entre aquellos que deseaban obtener un alojamiento en Madrid y aquellos que podían llegar a tener interés en ofrecerlo. Como resultante lógica, hoy es infinitamente más sencillo encontrar un alojamiento en Madrid que antes de que Airbnb estuviese en funcionamiento, y además, la oferta disponible es muchísimo más amplia: al margen de la oferta hotelera tradicional, cubre todo tipo de posibilidades, desde una habitación compartida en un barrio periférico, hasta un piso con techos altos y maderas nobles en pleno centro. El mapa de puntos es apabullante, como ya habíamos podido ver en su momento con el de París. Todo depende de cuánto esté dispuesto a pagar el que lo demanda. Pero más allá de dinamizar la oferta disponible, Airbnb supone que muchas personas que no se habían planteado nunca poner su propiedad en alquiler, lo hagan gracias a la ya comentada reducción de fricción, lo que de nuevo redunda en una oferta mayor y más variada.
A partir de aquí, las preguntas que surgen son completamente secundarias. ¿Pagan impuestos los propietarios de viviendas puestas en alquiler a través de la plataforma? Pues los habrá que los paguen, y posiblemente los habrá que no lo hagan, exactamente igual que ocurre en cualquier otra actividad económica, teniendo en cuenta que precisamente el hecho de que lleven a cabo su actividad a través de Airbnb supone no un incentivo, sino un desincentivo a la opacidad porque todo queda recogido en una plataforma cuya información puede, en cualquier momento, ser demandada por la Hacienda pública. Antes, un propietario de un inmueble podía ofrecerlo irregularmente a los viajeros que se bajaban de un tren, podía alojarlos, cobrarles en metálico, y no pasaba nada. Podía ofrecer más habitaciones de las que legalmente tuviese inscritas, podía alterar sus precios en función de la demanda sin informar a las autoridades, ofrecer servicios adicionales, etc. Ahora, el huésped paga a través de una app, sin dinero en metálico, y el control es mucho más directo. Eliminemos sesgos absurdos: el uso de una plataforma en internet no elimina transparencia, sino que potencialmente la aporta.
Ah, pero ¿y la propia Airbnb? ¿Dónde diablos paga sus impuestos? Pues sencillamente, y como ya he dicho en innumerables ocasiones: donde se lo permita la ley y le resulte más ventajoso hacerlo. Repito: donde se lo permita la ley. La ley. Sí, esa que si no nos gusta, será cuestión de cambiar, pero que no se puede reprochar a alguien por el hecho de cumplirla. Mientras sea legal llevar a cabo procesos de facturación cruzada, transferir tus beneficios más allá de las fronteras del país en el que se obtuvieron y en el que se generó la actividad, y declarar tus impuestos en otro país, no podremos reprochar a alguien, sea Airbnb u otro, que lo haga. A mí obviamente no me gusta, creo que lo justo es declarar allá donde tiene lugar la actividad, pero esto no es un problema ni de Airbnb ni de ninguna de las empresas que recurren a estas prácticas, que se limitan a cumplir estrictamente la ley y a optimizar su factura fiscal de la mejor manera posible para generar el mayor valor posible a sus accionistas. Pragmático, sí, pero es lo que hay: no hay que pedir boicots a los que declaran en otro sitio, hay que demandar que las leyes obliguen a declarar aquí y a que se eliminen tanto los paraísos fiscales como los mecanismos que permiten esa optimización.
¿Y qué pasa con el pobre vecino que se encuentra de repente con que el piso de al lado se ha convertido en un sitio del que no paran de entrar y salir huéspedes? Pues es lo que hay. Airbnb proporciona muchos más controles sobre el uso de las propiedades que los que se tienen disponibles si la actividad se desarrolla al margen de ese tipo de plataformas. Desde seguros que cubren desperfectos, hasta rankings que clasifican a los huéspedes en función de su comportamiento pasado, ofreciendo al anfitrión la posibilidad de aceptar o rechazar a esa persona. Todos, seguramente, estaríamos mejor con un piso vacío al lado, pero a partir del momento en que ese piso puede ser rentabilizado mediante alquiler, seguramente es mejor que esa actividad tenga lugar en Airbnb que al margen de ella. De hecho, los consejos que la compañía ofrece a los anfitriones de cara a preservar el valor de su inversión – tratar de conocer a los huéspedes, tener atenciones con ellos, brindarse a ilustrarles sobre las propuestas de ocio en la ciudad, etc. – minimizan en gran medida el riesgo de comportamientos vandálicos o antisociales. Sí, todos hemos visto “historias de horror” en propiedades alquiladas con Airbnb. Pero esas mismas historias de horror también se producen – con menos publicidad, sin duda – en propiedades alquiladas al margen de esa plataforma.
El estudio de Airbnb ofrece simplemente una perspectiva, razonablemente bien documentada por mucho que proceda de parte interesada, de lo que puede brindar la economía basada en plataformas colaborativas en una ciudad. Pero lo importante no es el caso aislado de Airbnb: lo importante es entender que la tecnología ofrece posibilidades que, una vez inventadas, resulta patético y absurdo tratar de “desinventar”.
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