Redefiniendo las interrupciones
By Enrique Dans
La ubicuidad de los smartphones y la popularización cada vez más importante de los smartwatches están planteando en cada vez más ocasiones escenarios que nos obligan a redefinir el concepto de interrupción: hablamos de dispositivos que ya no solo llevamos encima prácticamente a todas horas, sino que incluso situamos en nuestra muñeca, donde es ya completamente imposible ignorar una notificación.
La interrupción es ya un proceso habitual: muy pocas personas desconectan completamente su smartphone cuando están, por ejemplo, con otra persona. En determinados contextos como el profesional, de hecho, esto es casi implanteable, y lo más aproximado es configurarlo en modo vibración o silencio durante una reunión. La situación es similar a lo que ocurre con el teléfono convencional: ante una reunión en tu despacho, el teléfono fijo se convierte en una interrupción casi imposible de evitar, aunque solo sea porque dejarlo sonar es incómodo y genera tensión. Por otro lado, el teléfono, en muchas ocasiones, brinda una información muy incompleta sobre la comunicación que nos interrumpe, lo que dificulta la toma de decisiones de priorización.
Cuando las interrupciones dejan de provenir de quien nos llama por teléfono, un medio marcadamente síncrono, para hacerse mucho más frecuentes a través de medios con más tendencia a la asincronía como el correo electrónico o la mensajería instantánea, la situación no parece variar mucho. Es relativamente habitual ver a personas que interrumpen, aunque sea de manera moderada, el discurrir de una conversación para consultar una notificación en la pantalla de su smartphone. El proceso de priorización está sujeto a muchos condicionantes: obviamente no es lo mismo una cena romántica que una reunión de trabajo, o incluso la jerarquía implicada. Ante determinadas reuniones, por ejemplo, podemos estar dispuestos a no permitir que ninguna interrupción distraiga nuestra atención, salvo que estemos a la espera de algo que consideremos muy importante. En otras ocasiones, apagamos o cerramos la pantalla de nuestro ordenador o silenciamos nuestro smartphone como deferencia, como prueba de atención. Los protocolos son aún muy variables, y como siempre, tardan mucho más en asentarse que lo que las tecnologías necesitan para considerarse plenamente maduras.
La popularización del smartwatch cambia en gran medida el concepto de interrupción. La difusión del smartwatch está aún en su fase inicial, pero obviamente está teniendo lugar a muy buen ritmo: todo indica que las ventas del Apple Watch en su primer trimestre superan a las que Apple logró en idénticos períodos con el iPhone o con el iPad, lo que convierte ya a la marca de la manzana en reina absoluta de una categoría en la que otros competidores como Fitbit han vendido en ese mismo trimestre 4.4 millones de dispositivos – que si bien no pueden ser considerados smartwatches como tales porque no admiten la instalación de apps, si incluyen algunas opciones para notificación de determinados eventos. Antes de que Apple lograse vender 3.6 millones de relojes en un trimestre, empresas como Samsung habían conseguido ventas de 600.000 dispositivos desde su lanzamiento, que se unen al millón vendido por Pebble y a los 800.000 de todos los fabricantes que producen relojes con Android Wear. De una manera u otra, y descontando evidentes solapes entre las cifras, la probabilidad de encontrarnos con una persona que lleve uno de estos dispositivos en la muñeca – o que lo llevemos nosotros mismos – empieza a merecer que pensemos en el tema.
Un dispositivo que vibra en nuestra muñeca merece, en primer lugar, una configuración muy cuidadosa. El nivel de interrupción que provoca es elevado: resulta muy difícil no mirarlo, a pesar de la prevención que genera mirar el reloj cuando estamos con otra persona y provocar la descortés impresión de que tenemos prisa o nos tenemos que ir. Permitir que un smartphone configurado para “avisar de todo” nos interrumpa constantemente es obviamente una descortesía, y nos define como usuario claramente inexperto. Pero del mismo modo que debemos tratar con consideración a nuestro interlocutor y evitar una cascada de interrupciones constantes, también nuestro interlocutor debe ser consciente de que una mirada a nuestro reloj ya no indica necesariamente “tengo prisa” o “a ver si terminas”, porque ese código proviene de cuando el reloj servía únicamente para mirar la hora y, por arraigado que esté, se ha convertido en obsoleto. Del mismo modo que es absurdo estar mirando a nuestra muñeca cada cinco minutos, actitudes maximalistas que consideran toda mirada al reloj como una muestra de mala educación no tienen tampoco ningún sentido. Para el usuario de smartwatch, una configuración adecuada de las alertas es toda una definición de sus modales.
Sin duda, el protocolo correcto y la definición de buenos modales en la interacción con este tipo de dispositivos tardará en llegar, y lo hará cuando ya un buen número de personas lleven uno en la muñeca. Seguramente debemos prepararnos para ver cómo muchos que hoy juran que jamás llevarán uno terminen por adquirirlo, como previamente pasó con los teléfonos móviles primero y con los smartphones después, sobre todo considerando la expansión de funciones relacionadas con el control de la salud pero también con otros aspectos que el smartwatch parece traer consigo. Habrá que ir planteándose cómo gestionaremos el torrente de interrupciones casi imposibles de ignorar que van a aparecer en nuestras vidas, y lo que va a suponer su superposición al resto de nuestras actividades cotidianas. El concepto de interrupción, que ya sufrió un fuerte impacto con la llegada de los smartphones, está a punto de experimentar otra importante redefinición.
Puedes leer el artículo completo en: : Redefiniendo las interrupciones
