Otro gigante tecnológico salta al parqué

Otro gigante tecnológico salta al parqué

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By Enrique Dans

Uber anuncia su salida al NYSE con una valoración que podría superar los cien mil millones de dólares, la octava mayor salida a bolsa de la historia de los Estados Unidos y la mayor desde la de Alibaba en 2014.

La historia de Uber es la de la construcción del último gran gigante tecnológico: una idea, la de la construcción de una compañía de red de transporte o proveedor de servicios de movilidad en el año 2009, dos años después de la llegada del iPhone, en un entorno altamente regulado que se convirtió en la principal víctima de una disrupción que no podía tener más lógica y sentido. Hasta el año 2013, con su oferta de vehículos negros de alta gama, el crecimiento de Uber fue relativamente lento y circunscrito a las élites tecnológicas, pero todo cambió en 2013 con la introducción de Uber X, que ofrecía a cualquiera que tuviese un vehículo en buenas condiciones, un carnet de conducir y un historial razonablemente limpio la posibilidad de conducir como freelance para la compañía. Ese año, Google apostó por la compañía con una inversión de $253 millones, un 5.2% que ahora podría llegar a valer en torno a los $5,000 millones.

A partir de ese momento, el transporte en las ciudades nunca volvió a ser lo mismo: los temores iniciales que apuntaban a un supuesto mayor número de accidentes o de problemas con los usuarios nunca se hicieron realidad, gracias a un sistema que hacía que los conductores que trabajaban para la compañía tuviesen un incentivo muy superior al de los taxistas de toda la vida para tratar a los clientes bien. Los usuarios pudimos comprobar rápidamente cómo los conductores de Uber, siempre preocupados por mantener su ranking entre las cuatro y las cinco estrellas, proporcionaban un servicio y un trato superior al del taxi convencional, y permitían además el pago mediante la app sin llevar dinero, una ventaja que el taxi tardó varios años en incorporar, en una época en la que muchos de ellos se negaban incluso a aceptar el pago con tarjeta.

La historia de Uber tiene un antes y un después marcado por la figura de su cofundador, Travis Kalanick, un adalid del “vale todo” que resultó fundamental para el crecimiento rápido y agresivo de la compañía en sus fases iniciales y que cobrará por ello sus buenos dividendos, pero que provocó el desarrollo de una cultura completamente tóxica, capaz de justificar absolutamente cualquier cosa, fuesen abusos sexuales o espionaje a periodistas o funcionarios públicos, con el fin de seguir creciendo. Esa cultura llegó a representar un verdadero problema para la compañía, que durante un tiempo acumuló juicios, sanciones y vio deteriorarse drásticamente su capacidad de atracción de talento hasta la llegada de Dara Khosrowshahi, un directivo con mucha experiencia y talante conciliador que ha dado un rumbo y un estilo completamente diferente a la compañía.

Aún así, estilo directivo y cultura aparte, hablamos de una empresa con indudables retos ante sí: mantiene desde su fundación unas pérdidas enormes, muy superiores a las que mantuvo, por ejemplo, la compañía más conocida por mantenerse en pérdidas durante largo tiempo, Amazon. Uber facturó 11,270 millones de dólares en 2018, pero tuvo unas pérdidas de alrededor de 3,000 millones, solo disimuladas por las ventas de sus subsidiarias en China, Rusia y sudeste asiático. Su CEO ha afirmado estar dispuesto a sacrificar beneficios a corto plazo a cambio de objetivos ambiciosos a largo, y de hecho, mantiene apuestas muy importantes en un ámbito como la conducción autónoma, sin duda fundamental para el futuro de la compañía: 457 millones de dólares en 2018, lo que supone varios millones de kilómetros y decenas de miles de pasajeros. Por mucho que la compañía afirme que la conflictividad con sus conductores pueda ser un factor de riesgo y que esté dispuesta a repartir miles de dólares entre los más fieles, esos conductores tienen muy poco que ver en el futuro de Uber a medio plazo.

Por otro lado, la compañía tiene más de 91 millones de usuarios que hacen una media de 5.5 viajes al mes, cifras que, sin duda, tienen grandes posibilidades de crecer a pesar del elevado nivel de competencia que se anuncia en ese ámbito. Además, las apuestas de la compañía por segmentos como el envío de comida o los transportes industriales ofrecen también muy buenas perspectivas de crecimiento. Por otro lado, llama la atención la garantía de “una acción, un voto” que la compañía afirma estar dispuesta a mantener, frente a otras tecnológicas o frente a su competidor, Lyft, que otorgan muchos más derechos de voto y y de control a sus fundadores.

En su momento, hace ya mucho tiempo, dije claramente que veía a Uber como a una de las grandes compañías tecnológicas del futuro, y los más de cien mil millones de dólares de su valoración así lo demuestran. Pero en realidad, estamos hablando no de la salida a bolsa de una compañía tradicional, sino de una apuesta por una tecnología emergente que va a cambiar la fisonomía de nuestras ciudades en un plazo relativamente corto. Una megatendencia, la del paso del transporte de producto a servicio, contra la que resulta complicado apostar.


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