Los mensajes directos como dilema comunicativo

Los mensajes directos como dilema comunicativo

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By Enrique Dans

El pasado 20 de abril, Twitter presentó una modificación de su función de mensajes directos que permite a los usuarios elegir la opción de poder recibir mensajes de cualquier usuario, no solo de aquellos a los que uno sigue.

Antes del cambio, los mensajes directos estaban restringidos a usuarios a los que el receptor seguía, lo que generaba una comunicación en muchos casos poco fluida, cuando no imposible: si un usuario que no seguías te planteaba una pregunta y considerabas que la respuesta no tenía interés para otras personas, lo normal era contestarle mediante mensaje directo, pero en ese caso, lo correcto era seguir a la persona para que pudiese contestar por la misma vía, un sistema que distaban mucho de ser ágil o cómodo.

La apertura de los mensajes directos había sido demandada profusamente por la comunidad de usuarios de Twitter: mucho opinamos que una comunicación limitada a 140 caracteres da lugar a conversaciones ágiles y funcionales, a intercambios de información que, en muchos casos, ofrecen una alternativa muy válida frente a canales como el correo electrónico o la mensajería instantánea. Twitter, tradicionalmente, ha sido una compañía muy sensible a este tipo de señales del mercado: una buena parte de su innovación en producto corresponde precisamente a la incorporación de funciones que han sido de una u otra manera “sugeridas” por la comunidad de desarrolladores o de usuarios. Funcionalidades como el @reply, el retweet o los hashtags, por ejemplo, que hoy se consideran centrales en Twitter, surgieron cuando muchos usuarios empezaron a utilizarlas de manera espontánea.

Lo interesante de la apertura de los mensajes directos, sin embargo, es otra cuestión: el ver hasta qué punto responde a la metáfora de “agotamiento de canales” característica de la comunicación humana, encuadrado en esa disciplina de estudio de importancia creciente denominada media choice behavior. En este caso, resulta curioso ver como ante la definición de un canal de comunicación determinado, se plantean modelos de uso que acaban redundando en un agotamiento del mismo, hasta el límite de hacer la interacción completamente insostenible. Así ha pasado con infinidad de canales de comunicación: basta con pensar por qué en muchos casos ya no abrimos la puerta a un vendedor a domicilio, por qué es necesaria una papelera al lado del buzón en el portal de nuestra casa, por qué dejamos sonar el teléfono sin tomar la llamada cuando no conocemos el número, o hasta qué punto nuestra bandeja de entrada llegó a estar inundada de spam antes de que la tecnología para evitarlo fuese mejorando. Son canales que, en un momento dado, pasamos a considerar prácticamente agotados, casi inservibles para determinados fines.

¿Cuál ha sido el patrón de uso de los mensajes directos en el mes que llevamos desde el cambio? Básicamente, recibir spam. Comunicaciones no deseadas de personas que, por la razón que sea, se consideran autorizadas a incluirte en un grupo al que envían un mensaje determinado. Mensajes que ni siquiera consideraríamos aceptables a través del correo electrónico se multiplican de repente en forma de mensajes directos: conversaciones en las que alguien debería habernos preguntado si queremos participar, simples saludos intrascendentes, o envíos comerciales o del tipo “sígueme” que simplemente, carecen de sentido. A ver: si se me quiere incorporar a una conversación, lo correcto es preguntarme si estoy interesado o si tengo disponibilidad para ello, no invadir mi bandeja de entrada, ¿no? ¿Realmente resulta tan difícil de entender? ¿Tan complicado es tratar de ponerse en el lugar del receptor? Son, a todas luces, comportamientos incorrectos que, en caso de generalizarse mínimamente, darían lugar a una pauta insostenible, a un abandono de la apertura para volver al sistema en el que únicamente aquellos que sigues te pueden enviar mensajes. Algo que generaría seguramente una imagen envarada, distante o poco amigable, pero que parece inevitable si todos los días te encuentras cinco o diez mensajes irrelevantes en lo que pretendías mantener como un canal ágil y operativo con tus seguidores.

Twitter ofrece la posibilidad de marcar como spam o como abusivo un mensaje directo, pero lo que me planteo es si realmente debemos entrar en esta especie de “escalada armamentística” cuando el uso de la herramienta, en realidad, debería estar gobernado simplemente por el sentido común… que una vez más, parece empeñado en probarse como el menos común de los sentidos. Parece obvio pensar que si la apertura de los mensajes directos se convierte para todos aquellos que tengan un cierto nivel de asimetría comunicativa en una fuente permanente de comunicaciones no deseadas y spam, la situación tenderá a revertir hacia la que había antes del cambio. ¿Pero cómo tratar de definir un protocolo de uso de un medio de comunicación cuando este se encuentra prácticamente recién inaugurado? ¿Cuántos dentro de no mucho tiempo seguiremos teniendo los mensajes directos abiertos si la evolución continúa de esta manera? Pocos canales de comunicación habrán tardado tan poco tiempo en arruinarse. Sin duda, un triste récord.

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