La muerte del contestador automático

La muerte del contestador automático

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By Enrique Dans

Un buen artículo en The Guardian, titulado Don’t leave a message after the beep: why voicemail deserves to die, destaca un hecho que lleva bastante tiempo teniendo lugar, pero que posiblemente te haya pasado relativamente inadvertido: la muerte del contestador automático, buzón de voz o voice mail a manos de herramientas como el correo electrónico o la mensajería instantánea.

En la imagen, el contestador automático que tuve en mi casa entre aproximadamente 1992 y 1996: un aparato fiable, con dos cintas de cassette para el mensaje saliente y los mensajes entrantes, que formaba parte de la rutina hogareña: comprobar si el piloto rojo estaba intermitente al llegar a casa, y escuchar los mensajes antes siquiera de quitarse los zapatos. Al llegar a los Estados Unidos en 1996, nos encontramos con un uso completamente generalizado: ante la enorme profusión de llamadas de telemarketing, lo habitual era el call screening, dejar sistemáticamente que fuese el contestador quien descolgase todas llamada no identificada, y descolgar únicamente si se deseaba. Al volver a España en el año 2000, ya no volvimos a necesitar el contestador, que ni siquiera llegó a ser desembalado en la mudanza: ese servicio se había desplazado a la nube, había cambiado su nombre por el de buzón de voz, y era ya una función desempeñada por la compañía de telecomunicaciones correspondiente que venía incluida con la línea de teléfono, tanto fija como móvil. Además de prestar un servicio útil al usuario, hacía que disminuyese el porcentaje de llamadas no contestadas, lo que redundaba en un número mayor de ocasiones en los que la compañía obtenía un ingreso por la llamada. Actualmente, con unas comunicaciones de voz en evolución decreciente y la mayoría de las llamadas incluidas en tarifas planas y que, por tanto, ya no generan un ingreso incremental, ya ni siquiera eso tiene demasiado sentido.

Con el tiempo, la mayoría de las personas que conozco, incluyéndome a mí mismo, hemos ido abandonando progresivamente el uso del buzón de voz: simplemente, no es escalable. Cualquier día muy ocupado en el que te encuentres con un cierto número de mensajes en el buzón de voz, sabes que vas a tardar más en escucharlo que en contestar directamente las llamadas perdidas o contactar a los que conoces mediante mensajería instantánea. Ponerte a escuchar el buzón de voz para encontrarte con que, en un buen número de ocasiones, lo único que aparece es el sonido del teléfono al colgar o un mensaje interminable de alguien que olvidó hacerlo es algo que, simplemente, ya no compensa las molestias.

Llámame si quieres, pero si no contesto, acabarás mucho antes diciéndome lo que sea en un correo electrónico, mediante mensaje directo en Twitter o por mensajería instantánea que dejándome un mensaje de voz. El único sitio donde aún recibo mensajes de voz es en el buzón asociado al teléfono de mi despacho, y claramente, cada vez son menos: algunas compañías, como Coca-Cola o JP Morgan, han anunciado ya la cancelación de los buzones de voz de sus empleados, y animan a los que llaman y no obtienen respuesta inmediata a contactar con los empleados a través de teléfono móvil o de correo electrónico, encuadrando la medida no solo como ahorro de costes, sino también como una ganancia de eficiencia.

Una dinámica de media choice behavior que, simplemente, ha cambiado con el paso de los años y la popularización de nuevas formas de comunicación. No sé si el vídeo mató a la estrella de la radio, pero el correo electrónico y la mensajería instantánea si mataron al buzón de voz.

Puedes leer el artículo completo en: : La muerte del contestador automático

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