La incapacidad para aceptar que la inteligencia no es exclusivamente humana
By Enrique Dans
Mi columna en El Español de esta semana se titula “Negaciones irracionales“, y trata – por enésima vez – de hacer que los lectores entiendan que una máquina ya no es lo que durante años entendimos por una máquina, que ya no es simplemente un autómata capaz de repetir unos pasos programados, sino que se ha convertido en mucho más, y que ya es perfectamente capaz de tomar decisiones de aprendizaje no supervisado, de escoger caminos aleatorios o de iterar diversos niveles de conocimiento para llegar a soluciones a las que un humano no había llegado previamente.
De acuerdo: nos hemos pasado décadas enseñando a las personas que un ordenador era un autómata, era una máquina que solo podía ejecutar los comandos que un programador le había introducido. La consecuencia de A siempre era B, porque así lo decía el programa, y porque así debía ser. A la hora de cuadrar la contabilidad o de hacer las nóminas, no queríamos que el ordenador fuese creativo en absoluto, solo queríamos que llevase a cabo una rutina determinada, sin errores, sin apartarse de lo que el programa establecía. Para la mayor parte de los usuarios, un ordenador sigue siendo eso, una máquina que debe hacer exactamente lo que el usuario le pide en una secuencia perfectamente previsible… y si no lo es, si hace alguna otra cosa, es un bug, un error. La idea de que el ordenador pueda tomar decisiones en función de la experiencia, pueda estimar distintas posibilidades o pueda optimizar un proceso basándose en otro que ha descubierto de manera aleatoria les resulta no solo intimidatoria, sino directamente inaceptable y peligrosa.
Todavía hay muchas personas para las que la idea de que un simple programa de GPS, alimentado con los datos de miles de usuarios, sea capaz de estimar el tiempo de desplazamiento en una ruta mejor que ellos les parece impensable, y de hecho, se dedican a llevarle la contraria con suficiencia, con aire de “qué va a saber el cacharro este”. Pero vayamos un punto más allá: la idea de que un ordenador en la nube sea capaz de consolidar el tráfico de todos los usuarios que utilizan una aplicación de GPS determinada, y decida recomendar a la mitad de ellos que vaya por una ruta y a otros que vayan por otra, con el fin de alcanzar así una solución óptima, resulta completamente inaceptable. ¿Quién es esa app para decirme a mí por donde circulo, para arrebatarme mi libertad de hacer lo que me dé la gana?
Me desespera completamente la incapacidad de muchos para aceptar que una máquina puede desarrollar un nivel de inteligencia superior a la de los hombres. En realidad, basta con leer con cierta atención el relato de la segunda partida de Alpha Go contra Lee Sedol, en la que la máquina llevó a cabo jugadas no solo impresionantes o “bellas” desde un punto de vista humano, sino que además, eran imposibles de imaginar y no habían sido realizados nunca en otras partidas en la historia.
Para muchos, la idea de inteligencia está, por alguna cuestión cuasirreligiosa, vinculada con la naturaleza humana, unida a esta de manera indisoluble. La posibilidad de aceptar que una máquina no solo gestione el conocimiento y la experiencia previa de manera infinitamente más eficiente y precisa que un humano, sino que además, sea capaz de construir sobre ese conocimiento previo iterándolo y explorando alternativas de manera no supervisada, les resulta completamente anatema. Son incapaces de aceptar que una máquina pueda hacer algo más que repetir mecánicamente comandos programados por una persona, cuando la realidad es que las máquinas ya están mucho más allá, y pueden hacer cada vez más cosas para las que antes era preciso contar con una inteligencia humana. Es, en realidad, una incapacidad para entender el concepto de machine learning e inteligencia artificial, una imposibilidad casi metafísica para aceptar que hemos sido capaces de desentrañar los algoritmos que los humanos llevamos a cabo para aprender, y hemos sido capaces de reconstruirlos sobre una máquina.
En realidad, el problema viene de considerar al hombre como una especie de centro de la creación, una absurda visión antropocéntrica del mundo. En la práctica, y reducidos a la biología, somos simples algoritmos bioquímicos, y nuestras habilidades cognitivas son perfectamente paralelizables: cómo recordamos, cómo aprendemos, cómo hacemos inferencias, cómo deducimos, cómo solucionamos problemas. En muchos de esos procesos, de hecho, la máquina ya excede claramente las capacidades del hombre. ¿Qué le ocurrirá al mercado laboral cuando la inteligencia artificial consiga mejores resultados que los humanos en la mayoría de las tareas cognitivas? ¿Qué ocurrirá cuando los algoritmos sean mejores que nosotros recordando, analizando y reconociendo pautas? La idea de que los humanos siempre tendrán una capacidad única fuera del alcance de los algoritmos no conscientes es solamente una vana ilusión, no asentada en ningún tipo de conclusión seria.
Para prepararnos para el futuro, es indispensable entenderlo. Y partir de dogmas religiosos o del desconocimiento de los procesos que permiten a las máquinas aprender y desarrollar inteligencia no es la mejor manera de hacerlo.
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