¿La generación del silencio?

¿La generación del silencio?

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By Enrique Dans

Una tendencia cada vez más clara, sobre todo entre los jóvenes: llevar el smartphone permanentemente silenciado, en modo vibración. Tras varios años desarrollando una industria, la de los tonos de llamada, que llegó a ser multimillonaria, ahora resulta que los usuarios más jóvenes se inclinan por llevar sus dispositivos permanentemente en silencio, y el hecho de que se ponga a sonar pasa a tener una connotación negativa o se convierte, incluso, en «cosa de viejos». Salvo excepciones y con permiso de los estereotipos, que siempre suponen versiones simplificadas de la realidad, lo habitual cuando un dispositivo rompe a sonar con un tono de llamada o es utilizado para reproducir un vídeo con el volumen a niveles molestos es que el protagonista de la acción no sea un joven, sino una persona mayor.

Tras esta tendencia, varios factores: por un lado, el desprecio de la llamada de teléfono como forma de comunicación. Desde hace ya bastantes años, las llamadas de teléfono se utilizan únicamente para una urgencia, y son sustituidas por mensajería instantánea, en muchos casos intercambiando mensajes de voz. Este patrón resulta además particularmente notorio porque cambia incluso la forma de sujetar el dispositivo, que deja de estar pegado a la oreja y se aleja de la cara en posición horizontal, manteniendo únicamente el micrófono cerca de la boca.

Por otro, el modelo de consumo de medios: los jóvenes consumen grandes cantidades de vídeo en redes como Instagram o TikTok, pero o bien recurren a los cascos, cuyo uso se ha multiplicado tras el éxito de los Airpods y sus infinitos imitadores, o bien a los subtítulos: el uso de subtítulos de generación automatizada en TikTok ha crecido de manera desmesurada, lo que convierte una opción que tendía a ser utilizada únicamente en películas en lenguas extranjeras en un modo de consumo cada vez más significativo y al que se recurre de manera habitual. En muchos casos, esto se asocia a modos de consumo multicanal, como la visualización de vídeos mientras se ve la televisión o se hacen otras cosas.

Los jóvenes, además, tienden a tener su smartphone prácticamente en todo momento a la vista o en la mano, lo que implica que mantenerlo durante todo el día en modo vibración no implica necesariamente perderse notificaciones de actividad cuando estas se producen. Y en caso de perdérselas, tampoco pasa nada: los patrones y protocolos de comunicación a través de mensajería instantánea difieren en gran medida entre usuarios jóvenes, que simplemente no saludan ni se despiden, sino que figurativamente mantienen el canal abierto en todo momento y entran y salen de la conversación según sus circunstancias se lo permiten, frente a las de personas de generaciones anteriores que, en muchas ocasiones, se encuentran incómodos buscando una forma convencional de despedida que no resulte brusca, o molestos si su interlocutor deja la conversación a medias.

Por otro lado, estos patrones de consumo parecen estar aquí para quedarse: China intenta «proteger» a sus usuarios más jóvenes frente a un uso excesivo de TikTok y aplicaciones similares y decide fijar un máximo de cuarenta minutos al día, mientras Shopify anuncia un acuerdo con la compañía china para que las marcas puedan ofrecer sus productos a través de ella, el hashtag #tiktokmademebuyit aparece en más de 4,600 millones de visualizaciones, y Google se afana por llegar a acuerdos tanto con Instagram como con TikTok para que los vídeos generados por esas aplicaciones puedan aparecer en sus búsquedas si sus autores así lo desean. Todo indica que una parte cada vez más significativa de los contenidos que alcanzan circulación viral son generados en ese tipo de apps, lo que lleva a Google a no querer perderse esa parcela de relevancia, sobre todo ante una generación que ha crecido habituada a su consumo a todas horas.

¿Empieza a convertirse las habituales interrupciones en todo tipo de eventos por parte de personas que han olvidado silenciar su móvil una cosa cada vez más del pasado?

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