Google, la innovación y el monopolio
By Enrique Dans
El pliego de cargos enviado por la Comisión Europea a Google sobre presuntas actuaciones contra la competencia en la gestión de su sistema operativo Android me llevó a plantearme por enésima vez el aparente síndrome del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde que aqueja a una de las compañías más valiosas del mundo, por un lado capaz de generar auténticas plataformas que permiten el desarrollo de florecientes ecosistemas innovadores, pero que posteriormente parece tener problemas “muy mundanos” a la hora de plantearse su explotación económica. Dediqué al tema tanto mi columna en El Español, titulada “¿Es Android un monopolio?”, como mi espacio en la barra tecnológica de La Noche en 24 horas (a partir del minuto 1:40:42).
La estrategia de Google con Android es por todos conocida, y no difiere especialmente de otras anteriores jugadas en su momento por gigantes tecnológicos como IBM: crear una plataforma abierta que cualquier fabricante puede adoptar, de forma completamente libre y gratuita, para construir sobre ella su oferta de terminales y, teniendo la competencia como estímulo, dar lugar a una mejora continua en el sistema. Así perdió Apple su liderazgo en el ordenador personal en la década de los ’80, y así volvió a perder su ventaja inicial en ese segmento smartphone que redefinió en 2007 con el lanzamiento del iPhone.
Que Android ha significado una enorme aportación para la implantación masiva y generalizada del smartphone, para el desarrollo de un vasto ecosistema de aplicaciones y para la innovación en general es algo que pocos dudan, y la primera respuesta de Google al pliego de cargos de la Comisión Europea incide, precisamente, en esos aspectos:
“Android ha ayudado a fomentar un notable y sostenible ecosistema basado en un software de código abierto y promoviendo la innovación. Esperamos continuar trabajando con la Comisión Europea para demostrar que Android es bueno para la competencia y para los usuarios.”
Ahora bien, como siempre, entre una buena idea y su ejecución puede mediar, en ocasiones, un trecho importante. En efecto, todo indica que el desarrollo de Android responde a ese interés genuino de la compañía por favorecer la innovación, por expandir el ecosistema y hacerlo asequible a más usuarios, y por promover la competencia, precisamente los elementos con los que la Comisión Europea acusa en su carta a Google en sentido contrario. Por tanto, la discusión no parece estar en las ideas y en los planteamientos, que indudablemente son buenos, sino en su ejecución.
Ante las acusaciones, Google se defiende diciendo que Android es una plataforma abierta, y que existen numerosos casos en los que otros fabricantes han podido tomar el núcleo del sistema operativo y dar origen con él a forks, a nuevas versiones como el Fire OS de Amazon o CyanogenMod que pueden funcionar completamente al margen de Google, y sin ninguna aparente oposición por su parte. Es libre, alguien lo toma, lo modifica, y lo usa en su beneficio. Hasta aquí, todo correcto.
Que además sean muchos los usuarios que, en caso de presentarles un hipotético terminal con Android pero sin ninguna aplicación de Google de las que suelen aparecer preinstaladas (Gmail, Google Maps, etc.), irían rápidamente a descargarlas tras insultar airadamente al fabricante por no haberlas incluido de serie es, claramente, un hecho. Las apps de Google son, en general, muy buenas, y son muchos los usuarios que las utilizan. Y en efecto, la legislación antimonopolio no puede castigar a una compañía por ser exitosa, por crear buenos productos que los usuarios tienden a preferir sobre otros. De nuevo, hasta este punto, todo parece adecuado, y no parece mediar infracción alguna.
¿Dónde empiezan, por tanto, los problemas? Presuntamente, si hacemos caso a la Comisión Europea, o antes a Rusia, que pasó por una demanda similar anteriormente (y seguramente ha servido como inspiración, o incluso como modelo), las acciones que Google ha puesto en práctica y que demandan una acción sancionadora son los siguientes:
- Obligar a los fabricantes a que preinstalen la app de búsqueda de Google, el navegador Chrome, y a que definan Google como buscador por defecto.
- Impedir a los fabricantes que comercialicen terminales basados en otros sistemas basados en Chrome (el hecho de que OnePlus, fabricante chino, decidiese pasar de utilizar CyanogenMod en su OnePlus One a utilizar Android con una simple capa adicional, OxygenOS, en sus siguientes modelos, OnePlus 2 y OnePlus X sería, presumiblemente, fruto de este tipo de presiones).
- Ofrecer incentivos financieros a fabricantes de terminales y a operadores si predefinían Google como motor de búsqueda por defecto en sus terminales.
- Condicionar el acceso a determinadas apps, particularmente la tienda de aplicaciones Play Store, a la utilización del sistema operativo Android en las versiones aprobadas por Google. En el caso de Fire OS, por ejemplo, utilizado por Amazon en sus Kindle, la Play Store no está presente, lo que ha llevado a Amazon a desarrollar su propia tienda de apps (aunque esa decisión podría haber sido tomada por la propia compañía).
La cuestión es más delicada de lo que parece. Por un lado, hablamos de un sistema operativo gratuito, lo que elimina muchas de las posibles comparaciones con el caso United States vs. Microsoft Corp. de 2001. Un sistema operativo que se financia mediante cuestiones como el estudio del uso que sus clientes hacen de él o las apps que puedan ser adquiridas en su Play Store, lo que podría llevar a que la compañía argumentase el bundling, el condicionamiento de sus partes en un lote integral e inseparable, en función de la especificidad de su modelo de negocio. Esto, sin embargo, chocaría con las cláusulas de la licencia Apache elegida por Google para Android, que permite su modificación. Esta licencia, considerada intrínsecamente business-friendly, es una parte inseparable del éxito de Android, porque es la que permite a los fabricantes plantear argumentos diferenciales frente a otros que utilizan el mismo sistema operativo. Un argumento del tipo “no puedes quedarte solo con la parte que te interesa y dejar en el plato la que nos financia a nosotros” quedaría, en principio, invalidada por los términos de la licencia elegida. Y como es bien sabido, las licencias se eligen para lo bueno y para lo malo…
Por otro, hablamos de aplicaciones – Gmail, Google Maps o la propia Play Store – que los usuarios claramente quieren tener en sus terminales. La idea de lanzar un terminal sin esas aplicaciones resulta difícil, porque iría en contra de los deseos de una parte muy significativa del mercado. Por tanto, aunque la presencia de estas apps podría explicarse de manera natural, su posición monopolística permitiría hipotéticamente a Google obtener un beneficio de supeditar la posibilidad de su instalación al hecho de que los fabricantes aceptasen sus condiciones restrictivas.
Hablamos, por tanto, de un equilibrio complejo. Si bien no sería lógico sancionar a Google por haber alcanzado una posición dominante gracias al hecho de crear buenos productos que los usuarios tienden a preferir por encima de otros, sí podríamos plantear sanciones en función del clausulado de los contratos firmados con fabricantes y operadoras en los que se especifican medidas restrictivas. Cláusulas que, además, suponen una torpeza sin límites, porque además de estar clarísimo que iban a ser fuente de problemas, es muy posible que, debido a la supremacía de los productos de Google, no fuesen estrictamente necesarias ni generasen a Google ningún problema real en caso de no ser especificadas.
La decisión, por tanto, parece clara: reclamar a fabricantes y operadoras los contratos firmados, determinar si esas cláusulas restrictivas están presentes, y sancionar en función de ello. En Rusia, de hecho, la decisión ha sido invalidar esos contratos y obligar a su reformulación sin cláusulas restrictivas. Lo que Google ha hecho mal no es crear productos mejores que los de su competencia, sino tratar de supeditarlos a un clausulado presuntamente restrictivo. De nuevo, un Google actúa como el Dr. Jekyll, y crea productos muy buenos que los usuarios prefieren, y otro Google actúa como Mr. Hyde, tratando de obligar al mercado a firmar cláusulas que pueden ser calificadas como abusivas.
Una vez más, la doble personalidad de Google en estado puro. En algún momento, es posible que esta gran empresa capaz de cosas tan buenas termine de madurar…
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