Facebook y las hipotecas
By Enrique Dans
En mayo de 2014, participé en una charla en IE Business School titulada “Cuando Facebook decide si te conceden la hipoteca“. La idea, diseñada obviamente en aquel momento para ser provocativa, no estaba, como comenté en el desarrollo del propio evento, tan lejos de la realidad: la propia Facebook ha solicitado una patente sobre la posibilidad de evaluar el historial crediticio de una persona en función de la media del de los amigos que tiene en la red social.
Dejando aparte que Facebook bien pueda estar, en realidad, solicitando una patente meramente defensiva, que en realidad sea muy difícil que lleguemos a ver algo así convertido en realidad debido a las restricciones que actúan sobre el intercambio de información de los usuarios – al menos en los Estados Unidos y Europa, no así en otros países – o que esto se convertiría en un desincentivo para que los usuarios de Facebook compartiesen información (precisamente lo contrario de lo que Facebook pretende), la gran verdad es que este tipo de situaciones ocurren con cada vez más frecuencia, y no necesariamente con Facebook como protagonista.
Precisamente, la mecánica de Facebook, con su división entre perfiles con visibilidad restringida a nuestros amigos y páginas abiertas al público, protege a esta red social del escrutinio en el que muchas situaciones de la vida cotidiana sitúan a los usuarios. Durante los últimos cursos que he impartido y en este en particular, me he encontrado con alumnos preocupados por el uso que hacen de las redes sociales, por si esto pudiese, en un momento dado, llegar a suponer un factor negativo cuando una empresa medita su posible incorporación. Las líneas rojas son evidentes: dedicarse a ser un perfecto imbécil en las redes sociales es algo que solo hacen los perfectos imbéciles, y generalmente, a las compañías no les gusta contratar a perfectos imbéciles. Pero el silencio y la discreción absoluta tampoco son recomendables, porque llevan al observador casual a pensar que el candidato se ha pasado la última década viviendo en una cueva y comiendo carne cruda, o encerrado en su cabaña en lo alto de una montaña como si fuera el Unabomber, un perfil que también se aleja bastante del ideal si pensamos en unas empresas que cada vez se ven más inmersas en el mundo de las redes sociales y sienten que tienen que incorporar a personas que las entiendan y las vivan con la familiaridad adecuada.
¿Dónde está el compromiso? Participar en las redes sociales generando opinión corre el riesgo de que la opinión generada no vaya en consonancia con la de la persona encargada de tu proceso de selección, o incluso con los valores de la compañía. ¿Vale la pena perder oportunidades de empleo simplemente por expresar una opinión? ¿O es mejor no hacerlo y arriesgarse a entrar a trabajar en una compañía cuyos valores no compartes? De nuevo, volvamos a la línea roja: una cosa es expresa una opinión, y otra, por supuesto, ser un perfecto imbécil a la hora de expresarla. Lo primero puede influir o no en nuestras oportunidades dependiendo fundamentalmente de la exposición de los argumentos y de su seriedad, pero lo segundo influye prácticamente siempre. Lejos quedan ya los tiempos en que los alumnos entraban en pánico ante la posibilidad de ser fotografiados durante una fiesta: ahora se sabe que las compañías ya no discriminan a los candidatos por una simple fotografía en la que aparezcan divirtiéndose en una fiesta, porque todo el mundo prefiere trabajar con personas que saben divertirse (otra cosa distinta es, obviamente, si todo lo que aparece de ti al buscarte son fotos tuyas en fiestas y en avanzado estado de intoxicación etílica…)
Frente a este tipo de cuestiones, parece ganar enteros la idea de usar las redes sociales como repositorio de contenido, como forma de hacer curación de contenidos en el área que nos interesa, lo cual cumple la doble función de servir como archivo personal y de ofrecer una imagen habitualmente “limpia” y centrada en unos intereses concretos. Y si además se da el paso de empezar a producir contenidos propios, habrá que tener cuidado de que sean siempre adecuados para esas “audiencias” que tanto nos preocupan.
¿Es esta la mentalidad? ¿Estamos condenados a un mundo hipócrita en el que todo lo que aparece de nosotros en redes sociales es puro postureo por si acaso lo ve alguien que tiene que tomar una decisión que nos afecta, sea crediticia, de contratación o de otro tipo? ¿Representa la aparición de Snapchat y el empuje de la mensajería instantánea una manera de poder comunicarnos escapando a esa presión que rodea a unas redes sociales que nos retratan y nos vinculan de manera permanente con aquello que en un momento dado decidimos publicar?
No sé la respuesta. Para mí es evidente que nunca ha sido así, pero también es verdad que llevo muchos años estando al margen no solo del mercado de trabajo como tal, sino tratando de que quien me lea entienda quién está al otro lado, independientemente de que algunos puedan plantearse hacer elucubraciones arriesgadas y poco fundadas basadas no en lo que yo escribí, sino en lo que ellos decidieron interpretar de ello. A mí, básicamente, me trae sin cuidado, pero como dirían algunos, “porque puedo”. Y la gran verdad, creo, es que privarse del aprendizaje que supone utilizar las redes sociales durante nuestra formación es algo que puede influir cada vez de manera más negativa en nuestro futuro profesional. Cada vez más, las empresas esperan de las personas que trabajan en ellas un uso de las redes sociales que tenga sentido, y que combine de manera acertada los intereses personales y los profesionales. Cada vez hay más casos de éxito en ese sentido, al tiempo que se van reduciendo las “historias de terror” de idiotas que pidieron un día libre para asuntos personales y se dedicaron a subir fotos a Facebook de la fiesta a la que fueron ese mismo día. El valor del directivo ya no es tanto su discreción como lo es su capacidad de influencia y el reconocimiento que es capaz de obtener en un tema determinado.
Una presencia adecuada puede servir como marketing personal, como carta de presentación, como explicación lógica y concluyente de por qué esa persona quiere ese trabajo, como valor de referencia, o incluso como defensa ante algunas situaciones. Siempre, claro está, que no usemos esa presencia como lo haría un auténtico imbécil. Por un lado, el cardenal Richelieu y su “dadme seis líneas escritas por la mano del hombre más honesto, y yo encontraré algo para hacerlo ahorcar“. Por otro, la evidencia de que la discreción, el silencio absoluto y el gris ya no son el valor fundamental que las compañías prefieren por encima de todo. En el medio, un desarrollo de protocolos, de sistemas de valores y de costumbres al que todavía le queda mucho desarrollo. No creo que nadie esté ahora mismo en situación de decir qué opción es mejor: depende de casos, de empresas, de personas y de mil factores más. Pero sí tengo claro lo que prefiero yo.
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