El nuevo reto: la relevancia de las noticias

El nuevo reto: la relevancia de las noticias

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By Enrique Dans

Podríamos afirmar seguramente que en un mundo dominado por los motores de búsqueda, que definen las opciones que encontramos o dejamos de encontrar a la hora de acceder a información o consumir, la relevancia es el mayor reto de nuestros tiempos. Lo que no está en la primera página de Google no existe, se dice. Pero además del SEO y de los algoritmos de búsqueda, estamos a punto de caer en la importancia de otra dimensión del término relevancia: el que se aplica a las noticias.

Empresas como Facebook, Google, Apple, Snapchat y algunas otras trabajan sin descanso en lo que posiblemente llegue a ser el mayor cambio en los hábitos informativos que nuestra sociedad ha vivido en muchísimo tiempo: el momento en que la mayoría de las noticias que consuman las personas no estén situadas en las páginas de un medio, sino en las de una red social.

La apuesta puede parecer ambiciosa, pero lleva tiempo en marcha: es más que posible que si revisas tu dieta informativa, te encuentres cada vez más casos en los que tuviste acceso a una noticia a través de alguien que la compartía en Facebook o Twitter, que de una fuente tradicional como un periódico o un informativo en la televisión o radio. Un cambio que ahora emprende su gran batalla: de ser un fenómeno con un arranque prácticamente espontáneo, simplemente derivado del hecho natural de tener inclinación a compartir noticias, y de que las personas vayamos seleccionando a aquellos que comparten noticias más próximas a nuestras áreas de interés, pasamos ahora a un esquema mucho más organizado, más empresarial y más ingenierizado encarnado en propuestas como Snapchat Discover, Facebook Instant Articles, Apple News o la última iniciativa conjunta de Google y Twitter. Básicamente, propuestas difíciles de rechazar para unos medios que ven cómo las redes sociales pueden ofrecerles una llegada a más usuarios, aderezada con filtros de recomendación que incrementen su alcance y difusión, y mecanismos no solo para integrarlos en sus analíticas, sino también para ganar dinero con su publicidad (o eventualmente, con la que la propia red social le suministre a cambio de una comisión).

Ahora, cuando esta batalla está aún comenzando, vienen ya las noticias de la siguiente: el reto de la relevancia en las noticias. Todo indica que lo siguiente que viviremos será una fuerte competencia por obtener nuestra atención mediante sistemas de alertas que pongan ante nuestros ojos aquellas noticias que, por la razón que sea, un algoritmo estime que debemos consumir. Facebook trabaja en su app de alerta de noticias en tiempo real, aparentemente pensada para recuperar un terreno que Twitter le había conquistado de manera natural, mientras Snapchat – que sería un grave error confundir con aquella simple app frívola para que adolescentes se enviasen fotos picantes que se autodestruían en pocos segundos – desarrolla también la suya. La idea es clara: alimentarse de las preferencias manifestadas por el usuario, de sus actualizaciones, de los intereses que manifiesta, de los intereses de su red de contactos y de elementos como el FOMO, ese “miedo a perderme algo”, para tratar de ser útil enviando alertas de noticias.

La tarea no es tan sencilla como parece: la relevancia de una noticia proviene de muy diversos elementos, desde temporales hasta temáticos. La misma noticia que me resulta muy interesante hoy, me ha cansado mañana y ya no quiero saber más del tema. La temática por la que no expresé interés pasa a tenerlo dado un nivel de alcance determinado. La noticia que posiblemente no me interesase nada, puede pasar a ser crucial si todos mis amigos o colegas están hablando sobre ella. Y así, infinitas circunstancias más que, obviamente, van a requerir complejos sistemas de filtrado colaborativo, big data y machine learning.

El cambio no es necesariamente bueno: para un medio, ceder el protagonismo de su cabecera a una red social que agrupe sus noticias con las de infinitos medios más supone una apuesta delicada. Por mucho que se pueda intentar mantener la identidad del medio mediante el recurso a la maquetación, los formatos y los elementos característicos de estilo, hablamos de una dilución de la marca y de una disminución sensible del efecto paraguas: donde antes la unidad de análisis era la publicación o la edición, ahora lo es la noticia, un flujo informativo procedente de fuentes diversas que las redes se encargarán de ponernos delante de los ojos en función de variados criterios (nuestras preferencias anteriores, las de nuestros amigos, etc.) Un problema que puede llegar a ser grave si esas redes llegasen a plantearse superponer sus propios intereses a esos algoritmos de selección: ¿podrían Facebook o Google llegar a desarrollar un interés en filtrar de una manera determinada las noticias que leo? Me consta que un medio tiene ese interés y lo expresa en lo que se llama la “línea editorial”, y estamos preparados para entenderlo, para descontarlo, para compensarlo o incluso como criterio de selección. Sin embargo, cuando el elemento cabecera se pierde, puede llegar a ser mucho más difícil reconocer esos sesgos o gestionarlos de una manera consciente, lo que nos llevaría a convertir a una red social, por ejemplo, en un medio perfecto para gestionar un estado de opinión o para ganar unas elecciones.

Por otro lado, e independientemente de la viabilidad de ese tipo de maniobras, está nuestro propio sesgo: la conocida “burbuja” descrita inicialmente por Eli Pariser en su libro The filter bubble y bien explicada en este diagrama de Duck Duck Go, que nos lleva a autosegmentar la red para ir ingiriendo cada vez más información acorde con nuestros propios sesgos, dejando de ver aquello que no coincide con nuestras opiniones y visiones personales, y relegándonos progresivamente a nuestra propia burbuja.

Sea cual sea el efecto del cambio, lo que parece claro es que la tecnología nos lo trae, el hábito nos empuja a él de manera consciente e inconsciente, y va a tener un efecto profundo en cómo nos informamos, en cómo nos relacionamos con nuestro entorno. Un cambio de mapa que para las redes sociales representa el auténtico nirvana, la verdadera realización de su centralidad, de la progresiva dependencia de los usuarios de sus esquemas de funcionamiento. Y sin duda, lo podemos ir anticipando ya: en ese mapa… a algunos les va a costar encontrar su sitio.

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