El caso del reloj y la sustitución tecnológica

El caso del reloj y la sustitución tecnológica

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By Enrique Dans

En medio de las discusiones sobre si el Apple Watch está siendo un éxito o un fracaso con respecto a sus expectativas, hay un par de cuestiones que parecen claras: la primera es que, a pesar de las voces de los críticos que afirman que el producto deja mucho que desear en términos de usabilidad, duración de la batería y otros aspectos, sus usuarios están sumamente satisfechos. Y la segunda, que como estaba previsto desde hacía meses, su salida al mercado ha significado la mayor caída en ventas de relojes tradicionales en los últimos años, admitida ya por algunos de los afectados.

Un descenso del 11% en términos económicos y de un 14% en unidades vendidas, el mayor desde 2008, que se extiende a todos los niveles de precio (la mayor caída es un 24% en el segmento de entre $100 y $150) y que, a pesar de encontrarnos todavía al principio de la serie temporal, podría sugerir un futuro complicado para la categoría. El efecto podría perfectamente ser coyuntural: que precisamente en el momento del lanzamiento, muchas personas que pensaban comprarse un reloj opten por hacerse con un Apple Watch en pleno apogeo de popularidad puede tener su sentido, aunque como ocurre con todos los lanzamientos, vaya a ser complicado consolidar esas cifras iniciales y convertirlas en regulares. En cualquier caso, a pesar de la escasa transparencia con la que la marca está manejando sus cifras, hablamos seguramente de unas ventas de más de dos millones de unidades de Apple Watch en el mercado norteamericano tan solo en el mes de junio, frente a las algo más de 900.000 de la industria relojera tradicional en el mismo período y territorio.

¿Nos enfrentamos a un proceso de sustitución tecnológica? La pregunta parece compleja: por un lado, un smartwatch está en este momento aún sujeto a un componente de moda y de novedad que permite claramente un uso que tradicionalmente se había identificado con la industria clásica: no llevo un reloj pasa simplemente saber la hora, sino como elemento de estilo, lujo o elementos afines. Por otro, el componente de obsolescencia parece también un factor muy importante: casi cualquiera de los diez relojes considerados un hito en su industria podrían ser utilizados hoy por casi cualquiera sin miedo a desentonar. Frente a eso, gastarse entre $350 y $17.000 en un reloj que nuestros hijos nunca podrán heredar con un propósito funcional debido al infinitamente más rápido ritmo de actualización de la industria de la electrónica de consumo parece algo escasamente comparable.

Pero existen, sin duda, muchos más factores, algunos de ellos de consideración muy compleja. En el estado actual de la tecnología de los smartwatch, hablamos de un objeto que podemos llevar encima en muchos momentos, pero no en otros: si te gusta cualquier actividad relacionada con el agua, por ejemplo, es más que probable que te quites tu smartwatch para todo lo que tenga que ver con ella. Y si, como es mi caso, buceas y quieres tener un elemento que te permita saber el tiempo que llevas en el agua, no solo te lo quitarás, sino que lo sustituirás por un sólido y fiable reloj clásico de estanqueidad garantizada. Sin embargo, es más que posible que la tecnología avance pronto lo suficiente como para ofrecernos smartwatches razonablemente estancos, fiables y sólidos como para resistir una inmersión, una escalada, o un viaje al espacio.

Por otro lado, los smartwatches suelen relacionarse con una actividad que muchos usuarios hemos convertido ya en un elemento importante y prácticamente adictivo en nuestras vidas: la cuantificación de nuestra actividad, o quantified self. Desde este punto de vista, estaríamos hablando de una vuelta atrás complicada en los patrones de uso: una vez que un usuario opta por probar un smartwatch y se encuentra a gusto monitorizando su actividad, prescindir de él podría resultar molesto, incómodo, una renuncia a una información que nos hemos acostumbrado a manejar de manera habitual, cuya consulta forma parte de nuestra rutina cotidiana. Si el smartwatch, además, avanza cada vez más para convertirse en un complemento para monitorizar nuestra salud gracias a sensores de frecuencia cardíaca, temperatura o de otros tipos, esta tendencia podría ser aún más significativa. El caso de Fitbit, que avanza para convertir el smartwatch en un elemento que las empresas utilicen para tratar de promover hábitos saludables entre sus trabajadores, es muy claro: el smartwatch como objeto que llevamos encima en todo momento, como control permanente de nuestra actividad. Recientemente, una mujer que trataba de denunciar un caso de violación fue acusada de falso testimonio en base a evidencias de su actividad obtenidas del Fitbit que llevaba puesto.

Descartando ideas extravagantes, es más que posible que la evolución nos lleve o bien a incorporar determinadas funciones hoy restringidas a los smartwatch en los modelos de la industria relojera tradicional, o bien a encontrarnos una mejora de los smartwatches para tratar de mejorar sus características de uso. La estrategia de Google con Android Watch parece paralelizar la seguida con Android: ofrecer a la industria, sea la de la electrónica de consumo o la relojera clásica, una plataforma sobre la que tratar de innovar.

En el otro sentido, podríamos plantearnos llegar a ver smartwatches más baratos que nos lleven a un modelo parecido al de Swatch, de “un reloj para cada momento”, o al revés, de incorporación de atributos avanzados que permitan un uso cada vez más ubicuo. Sin embargo, esperar que el avance del smartwatch como tal sea intrínsecamente bueno para la industria relojera tradicional derivado de una vuelta del patrón clásico de reloj en la muñeca parece complejo, algo que solo ocurre en la mentalidad de los directivos más tradicionales de esa industria. Sin duda, el futuro nos traerá elementos de convergencia en ambos sentidos. Y una evolución que, en este momento, resulta difícil de anticipar.

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