Afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias

Afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias

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By Enrique Dans

Marcos Sierra, de Voz Pópuli, me llamó para hablar sobre las restricciones y limitaciones impuestas a los productos de Huawei en varios países por temor a un posible uso para el espionaje, y hoy publica un artículo titulado “¿Por qué Occidente desconfía de Huawei?” (pdf) en el que me cita.

Para mi argumentación, recurrí al famoso Sagan standard, el aforismo popularizado por Carl Sagan que postula que afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias. A Huawei no me une nada más que la consideración que hacen de mí como participante en su programa de Key Opinion Leaders (KOLs), que en absoluto condiciona mi libertad para opinar sobre la compañía y que, de hecho, me ha permitido criticar abiertamente acciones de la compañía en algunos de sus foros, y por más contacto que tengo con ellos, veo únicamente una empresa con una cultura de ingeniería brutal, completamente orientada al largo plazo en su estrategia, y con una vocación por la investigación como he tenido muy pocas oportunidades de ver. Que la compañía sea líder en patentes relacionadas con 5G me parece simplemente una cuestión lógica considerando la inversión y el esfuerzo que dedica al tema, fruto no de la búsqueda de una oportunidad ni de una cuestión coyuntural, sino de una vocación genuina.

Para entender la cultura de Huawei hay que ir a sus eventos, en los que abundan las presentaciones aburridísimas de ingenieros chinos con un dominio del inglés solo regular: ¿qué lleva a una compañía con una capacidad enorme para el marketing a presentarse de una forma tan escasamente brillante, por mucho que lo que se presente sean auténticas revelaciones en términos de ingeniería? Sencillamente, una cultura que pretende poner en valor esa vocación por la ingeniería, y que se niega a relegar al ingeniero a un segundo plano. O mejor, que no podría hacerlo aunque quisiera, porque tiene que demostrar que lo que cuenta es eso, la investigación y el desarrollo por encima de todo, más allá de consideraciones de marketing. Una compañía así simplemente no aceptaría que a la hora de presentar un resultado, el ingeniero fuese “escondido” tras un directivo de marketing simplemente basándose en sus habilidades para presentar su trabajo. Eso lleva a la compañía a invertir cuantiosas cantidades en hacer que sus ingenieros aprendan inglés y mejoren sus presentaciones… aunque les luzca lo justo. Simplemente, están a otros temas que consideran – creo que con justicia en ese ámbito – mucho más importantes. En general, Huawei es de la cultura de “el buen paño en el arca se vende”, tanto en ingeniería como en muchos otros temas: puedes tener mucha relación con la compañía, y sin embargo, tardar mucho en saber algo de su impresionante programa de responsabilidad social corporativa… simplemente, porque son proyectos que hacen porque creen en ellos, no para presumir ni para ponerlos en un folleto.

Acusar a Huawei de ser una puerta para el espionaje del gobierno chino a través de unas supuestas puertas traseras en sus dispositivos que nadie, absolutamente nadie ha conseguido encontrar – y no será porque falten razones para buscarlas – es una afirmación extraordinaria, y como tal, requiere pruebas. Ya ni siquiera pruebas extraordinarias: requiere, simplemente, que alguien aparezca con un informe en el que se demuestre que un dispositivo fabricado por la compañía posee algún tipo de fallo intencionado en su ingeniería que permita que sea explotado para fines de espionaje o sabotaje. Y por el momento, no hemos visto ni conocido de la existencia de ningún informe de esas características. Lo único que tenemos son hipótesis, especulaciones y alegaciones completamente infundadas aventuradas en un informe del Congreso norteamericano fechado en el año 2012, un simple “qué pasaría si…” carente de pruebas. Y por supuesto, muchísimos intereses por parte tanto del gobierno norteamericano como de su industria para intentar dominar un desarrollo de 5G que cada vez tiene más sabor chino, porque sencillamente, la industria china, encabezada por Huawei, investiga más y mejor.

A partir de ahí, y sin ninguna prueba, los Estados Unidos ponen en marcha una maquinaria de bloqueo en la que primero niegan el acceso de los dispositivos de Huawei a su mercado tanto de consumo como industrial, y después comienzan maniobras diplomáticas internacionales para presionar a todo socio al que puedan presionar para hacer lo mismo, con resultados variados. No se trata de un “cuidado, que Huawei espía”, sino de un “ojo, que creemos que Huawei podría espiar aunque no tenemos pruebas, y por si acaso, os pedimos que compréis nuestra tecnología, no la suya”. Como si los Estados Unidos no hubieran espiado nunca a nadie.

Si en algún momento los Estados Unidos, otro gobierno o quien sea – que no será por falta de hackers y de expertos en seguridad en el mundo – exhiben pruebas sobre algún tipo de puerta trasera o mecanismo que permita utilizar los dispositivos de Huawei para el sabotaje o el espionaje, las medidas de bloqueo estarán plenamente justificadas, y habrá que aplaudirlas. Pero por el momento, tales pruebas no existen, y por tanto, renunciar a la tecnología de la compañía que más ha contribuido al desarrollo de una tecnología como 5G supone optar por tecnología más cara, menos probada y por desarrollos más lentos. Y mientras nadie demuestre lo contrario, eso es lo que hay.


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