Coches, concesionarios y futuro

Coches, concesionarios y futuro

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By Enrique Dans

Mi columna en Invertia de esta semana se titula «El futuro de la automoción lleva mucho tiempo escrito» (pdf), y es la demostración práctica de lo que está comenzando a pasar desde hace algún tiempo en una industria automovilística que ve en la estructura de distribución y en los márgenes de Tesla cada vez más un objeto de deseo, y se plantea, por el momento aún de manera relativamente tranquila, cómo seguir sus pasos.

Los movimientos de Ford con respecto a su red de concesionarios hace seis meses, y los de Stellantis, con marcas tan importantes y conocidas como Peugeot, Alfa Romeo, Chrysler, Jeep, Citroën, Fiat, Dodge, Lancia, Opel o Maserati entre otras, apuntan a importantes reestructuraciones en sus redes de concesionarios y, en general, a un intento de adaptarse para la venta de más vehículos eléctricos, cada vez con un peso mayor puesto en los canales online, y eliminando muchas de las funciones que tenían los concesionarios, como la negociación sobre el precio. Al tiempo, la propia mecánica de los vehículos eléctricos, que prácticamente elimina la necesidad de revisiones, reparaciones, etc. y ataca una de las líneas más importantes que justificaban su existencia, es la promesa de cambios todavía mayores.

Las marcas tradicionales ven a Tesla vender cada vez más automóviles, pero sobre todo, hacerlo con un margen por vehículo que ellos nunca han llegado a ver gracias a la ausencia de un canal con el que repartirlo. Te metes en la página de la marca en la web, encargas el modelo que quieres, y el precio está directamente puesto, sin que exista ningún tipo de negociación. El día de la entrega, simplemente pasas a recogerlo, sin más. Si quieres hacer una prueba, lo solicitas en la misma página, te acercas a algún sitio donde te presten un vehículo, y lo pruebas sin más. Eliminar toda la fricción de la compra y convertirla en un proceso directo, en el que no hay lugar a más actores.

El premium de 15,000 dólares que Tesla obtiene ha llevado a las compañías automovilísticas tradicionales a darse cuenta de que podían ganar más dinero vendiendo vehículos eléctricos que con los de combustión. Si por otro lado, además, el regulador amenaza con multas importantísimas a las compañías que no cumplan con su cuota de descarbonización, la transición está servida, y ninguno de los supuestos obstáculos que se pretendían oponer ha probado tener ningún tipo de importancia: la recarga de los vehículos no supone un problema incluso en países en los que sus ventas son ya muy significativas, las baterías no se estropean ni se degradan tanto como algunos pretendían, ni se convierten en un problema medioambiental debido a sus posibilidades de reciclado e incorporación en la fabricación de otras nuevas. En la práctica, los supuestos inconvenientes del vehículo eléctrico han terminado siendo lo mismo que ocurre en todas las transiciones tecnológicas: actores con miedo al cambio que se dedican a esparcir desinformación.

Ahora, toda la cuestión está en cómo de rápido son capaces las compañías tradicionales de poner en el mercado vehículos eléctricos competitivos, algo que tampoco ha seguido aquellas profecías que afirmaban que «en cuanto se pusieran a ello, la ventaja de Tesla desaparecería». Más de una década después, Tesla mantiene su ventaja, el resto de las compañías pugnan por alcanzarla desde la distancia, y todos, cada vez más, enfocan su publicidad únicamente a los vehículos eléctricos, con todo lo que ello conlleva. Renault ha separado su división de eléctricos, Ford ha hecho lo mismo, y en ambos casos, dedican los beneficios obtenidos con sus vehículos de combustión a financiar el desarrollo de los eléctricos. En el mercado de automóviles más grande del mundo, China, los vehículos eléctricos ya no son el futuro, son el presente. Y ese dominio creciente podría estar empezando a trasladarse al resto del mundo.

Es, simplemente, una cuestión de tiempo: una tecnología superior sustituyendo a otra anticuada, menos eficiente, y sobre todo, dañina. En algunos países tardará más que en otros, pero la transición, como tal, ya es un hecho.

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